¡Haz clic en la experiencia que quieras leer!
*Un libro que relata experiencias y milagros asombrosos que Dios ha obrado con diversidad de personas en diferentes lugares.Nota: las experiencias aquí expuestas son una selección del libro arriba mencionado. Si estás interesado en adquirirlo puedes ponerte en contacto con el autor escribiendo a: asdimores@gmail.com La hermana Aura Rosa Ramírez, nació en Frías (Tolima) Colombia, el año 1926. Se casó a una temprana edad, a los 20 años, en el año 1947. Su educación fue muy católica, tanto es así que tenía un altar en su casa con diversos santos: San Expedito, San Judas Tadeo y otros, así como imágenes de la Virgen del Carmen. Ella rezaba novenas y les colocaba velas para obtener sus favores. Un día las veladoras prendieron fuego el altar y el esposo, lleno de indignación, destruyó por completo el altar y los santos. Cuando la hermana Aura vio lo que había pasado, llegó a pensar que su esposo no tenía perdón de Dios. Esto ocurría allá por el año 1948, concretamente un día 9 de abril; ella lo recuerda muy bien porque quedó en su mente la referencia del asesinato que ocurrió ese mismo día, de Jorge Eliezer Gaitán del partido Liberal, candidato a la presidencia de Colombia. La muerte de Gaitán desató la violencia en Colombia, y nunca más se cerró esta herida, hasta el día de hoy. Volvamos a la historia de Aura. Un hermano carnal le habló de la fe adventista; de la santidad del sábado y del segundo advenimiento de Cristo a esta tierra para llevar a los suyos a las mansiones celestiales. Pero a ella no terminaba creer lo que su hermano le contaba. Allá por el año 1970 sufrió una diabetes y perdió casi la vista. Su cuerpo estaba hinchado y temió por su vida. El médico que la vio le dijo que sufría siete clases de enfermedades y la verdad es que no encontró solución médica para sus problemas de salud. Su esposo la llevó a un curandero que le dio un tratamiento con plantas y al mismo tiempo llegó a la ciudad de Armero (Departamento de Tolima) un evangélico que todos los días predicaba y sanaba a los enfermos en la carpa que había montado con sus colaboradores. Esto atrajo a Aura, que ya se veía sanada por aquel hombre. Acudió a la carpa con esta esperanza y halló que allí habían decenas de personas, la mayoría enfermas. Aura le prometió al Señor que si se curaba aceptaría el Evangelio, pero el que le había estado presentando su hermano carnal durante tanto tiempo. Y así fue como después de curada se unió a la iglesia Adventista. El 29 de junio de 1972 bajó a las aguas bautismales en San Pedro. Por el Tolima, durante estas fechas, se celebran unas fiestas que son muy populares. Hay música y bailes en las calles; todo se viste de colorido y la gente se olvida de todos sus problemas durante ocho días, que son los que dura la fiesta. El esposo de Aura, cuando ella se bautizó, le puso la condición de que a cambio de dejarla ir a los cultos del sábado, ella tenía que llevarle todos los días la comida a la barbería que él tenía y en la que trabajaba. Era una de las mejores barberías de Armero y mucha gente pasaba por allí para ponerse en las manos del habilidoso esposo. También el sábado, antes de ir al culto debía dejarle la comida al marido. Ella cumplió fielmente esta labor y su esposo la respetó hasta el día de su muerte que ocurrió en el año 1977. Antes de morir, se puso enfermo y pidió a Aura que el pastor de su iglesia lo ungiera con óleo y orara por él, y fue así como cambió su carácter rudo y aunque no llegó a bautizarse aceptó a Jesús como su Salvador personal. En 1984 dos hermanas del Movimiento de Reforma, Imelda Briñez y Diva Romero, llegaron a Armero a colportar. Estas encontraron a la hermana Aura a la cual le presentaron los libros de salud de Carlos Kozel que llevaban para vender. Después de escuchar el mensaje de Reforma, al cabo de una semana aceptó con gozo en su corazón. Los cultos comenzaron a celebrarse en su casa y así estuvieron hasta que el día 13 de noviembre de 1985 llegó. Este día marcó la vida de Aura para siempre. En su casa se habían reunido ocho personas para alabar al Señor. El día era un tanto oscuro y la atmósfera estaba impregnada de un olor extraño como de gas. Todos pensaron que se trataba de alguna fuga de la bombona de la cocina por lo que Aura puso un trapo mojado sobre ella; aun así el olor persistía. No le dieron mayor importancia. Después de la puesta del sol, cada uno se fue a su casa y entrada la noche, Aura se quedó sentada estudiando los Testimonios hasta las diez. Había otra hermana con ella ese día, ésta ya se había acostado. Faltando quince minutos para los doce, Aura notó que alguien le despertaba; era la otra hermana que agitada y nerviosa le decía: «Levántate, levántate, llegó la avalancha». La gente en la calle corría de arriba a bajo gritando, llorando, clamando al cielo y otros maldiciendo. Aura se levantó tan rápido como pudo, prendió una vela porque no había luz, los tendidos eléctricos habían caído arrastrados por la lava y la ciudad estaba en tinieblas y prácticamente cubierta por barro, lava y agua. ¿Qué estaba ocurriendo? Se preguntó Aura. La hermana que estaba con ella le dijo: «El volcán Nevado Ruíz ha hecho erupción». Tomó rápidamente su Biblia, la escritura de la casa que la tenía en el cajón de la mesita de noche, así como su cédula (documento nacional de identidad) y unos 60.000 pesos, que el día anterior por la mañana los había retirado del banco y cancelado su cuenta sin saber por qué; luego entendió que había sido obra de Dios. Tomó todo esto y salió corriendo con la hermana de la casa. La lava incandescente ya había llegado hasta donde estaban ellas. Del cielo caía ceniza y arena en sus cabezas. Oía como los autos se chocaban unos contra otros. Se oían gritos y llantos de desesperación. Cerca de ella vio como un vecino al que conocía, perdía la vida. Algunos yacían en el suelo con las piernas amputadas o quemadas por la lava ardiente. Se dirigían hacia la calle 18 y el barrio estaba literalmente destruido. Vio como una gasolinera ardía y sacaban muertos de todas partes. Llegaron en su huída a un lugar donde quedaron rodeados. Los relámpagos de vez en cuando mostraban con su luz edificios caídos, gente corriendo y destrucción por doquier. Había con ella un pequeño grupo de gente que estaba llena de terror. Aura dijo resueltamente: «Oremos; arrodillémonos y pidámosle al Dios que hizo los cielos y la tierra». Aura recitaba de memoria los salmos 91, 23, 121 y otras porciones de las que se acordaba. «Señor Jesucristo -siguió orando Aura- tú has dicho en tu Santa Palabra que si clamamos a tí tú responderás. ¡Sálvanos! ¡Detén el lodo porque perecemos!». La lava estaba ya rodeándoles para cubrirles y de pronto ocurrió el milagro. A unos cuarenta metros de donde ellos estaban, la ingente cantidad de lava, que ya había cubierto prácticamente toda la ciudad de Armero, se detuvo de forma inexplicable. Entonces todo el grupo comenzó a cantar himnos llenos de agradecimiento al Señor. Al siguiente día, al despuntar el sol, la ciudad había desaparecido, sepultada bajo la lava. Se calcula que murieron unas veinticinco mil personas, sepultadas también bajo la ingente cantidad de lava. Hoy en día sólo hay una cruz grande en aquel lugar y es una llanura llena de matorrales. Después de este acontecimiento, Aura se fue a vivir a otra ciudad. Estuvo cuatro días sin comer hasta que por fin los servicios de rescate la ayudaron a ella y a las demás personas sobrevivientes. Antes no dijimos que con ella en la casa también había un hermano ancianito que cuando escuchó el ruido que hacía la lava al chocar contra la casa, subió a la terraza y de allí milagrosamente lo rescató un helicóptero. Esta experiencia quedó vívidamente grabada en la mente de Aura, que hasta el día de hoy, día 23 de febrero del año 2000, fecha en el que se rememora este relato, contado por ella misma al que lo escribe, no deja de agradecer a Dios por salvación tan grande operada aquel día aciago en Armero; pero especialmente por la salvación que conquistó Cristo en el Calvario para todos aquellos que en él creen. Lo que más lamenta es que miles y miles de personas hallaron sus epultura en aquella noche terrible en sus propias casas o en la calle. Dios tenga misericordia de ellas. Experiencia vivida por Aura Rosa Colombia
Allá por el año 1973 me encontraba trabajando como ayudante misionero junto a mi compañero a quien recuerdo con cariño, pero lamento que hoy ya no se encuentre en la iglesia. Realizamos juntos una visita a uno de los campos de la Unión Gran Colombiana, en Colombia, situado dentro de la zona guerrillera. Era un lugar muy adentrado en la selva y para llegar al mismo tuvimos que viajar aproximadamente unas 16 horas en flota (autobús), para proseguir posteriormente navegando con una canoa a motor. Hasta aquí no habíamos notado el calor, el rigor del clima tropical todavía no había posado su mano sobre nosotros. El río Caquetá, muy caudaloso e infectado de insectos molestos y peligrosos, nos ofrecía al uno y al otro lado, no obstante, un hermoso paisaje de exuberante belleza selvática. Por fin llegamos al lugar donde debía proseguir el viaje a pie, descendimos de la canoa y el agua nos cubría hasta el cuello; y así fuimos caminando con los brazos levantados para proteger nuestras pertenencias y tratando de encontrar un lugar seco en la selva. Gracias a Dios llegamos a un pequeño espacio seco y alto donde decidimos pasar la noche. La selva, especialmente por la noche, es agresiva y hostil, así es que oramos al Señor para que nos protegiera de serpientes y otras clases de animales peligrosos. Sentados y cubiertos con plásticos, en medio de una lluvia torrencial, que por esa época es habitual, se fue deslizando la noche muy lentamente, hasta que un tímido amanecer nos iluminó el rostro y también el corazón. Emprendimos nuevamente la marcha y tuvimos que atravesar un río a nado para seguir después caminando. En las horas de la tarde, castigados por un sol de justicia, nos sentamos a la orilla del camino para refrigerar nuestros cuerpos cansados con unas frutas que llevábamos en nuestras mochilas. De repente, nos rodearon una gente que nos apuntaba con sus armas y que vestían uniforme militar. Eran aproximadamente unos veinte, y todos ellos jóvenes cuyas edades oscilaban entre los 18 y 25 años. Sin rodeo alguno, y con un tono seco, nos preguntaron de dónde veníamos y quiénes éramos y hacia dónde nos dirigíamos. Les dijimos nuestros nombres, que éramos misioneros y que nos dirigíamos a visitar a unos hermanos. También les brindamos algunas frutas y ellos dispusiéronse a marcharse; pero inmediatamente les llamé la atención diciéndoles que admirábamos su ideal de justicia y de bien social; pero que el sistema que ellos utilizaban estaba en contra de los principios del Evangelio. «¿Qué es lo que queda -seguí diciéndoles- después de haber perdido la vida en un enfrentamiento armado -que por cierto eran muy habituales en aquel momento-? Si ustedes pierden la vida disparando a los demás ¿cuál era el la recompensa que iban a obtener?» Ellos respondieron que si tal cosa se daba tendrían el orgullo de haber dado su vida por una causa justa. Luego les dije que en el sentido espiritual nosotros también éramos guerrilleros, que muchas veces y de muchas maneras también estábamos exponiendo nuestras vidas, pero que al final de nuestras labores, éstas nos van a reportar una compensación aun más allá de la muerte; que no sólo teníamos el privilegio de luchar por una causa justa, sino que teníamos la promesa de que Dios tiene un lugar preparado para todos los que en este mundo luchan valientemente contra todas las huestes malignas al lado del gran Capitán, Jesucristo. Moviendo sus cabezas en sentido negativo unos, otros riendo y otros con rostros meditabundos, decidieron proseguir su viaje con estas últimas palabras: «Proseguiremos adelante con nuestra obra, porque es muy digna y justa.» Y así desaparecieron en la selva. Después de un año visité de nuevo el lugar en ocasión de un congreso de la hermandad. Mientras nos saludábamos unos y otros, un joven me abordó y me preguntó si yo le recordaba. Le respondí que no le conocía. De pronto, con los ojos iluminados y lleno de gozo, me contestó: «Yo estaba entre aquellos guerrilleros que en cierta ocasión salimos a tu encuentro y te detuvimos, junto con tu compañero, apuntándoos con nuestras armas. Las palabras que dijiste en aquel encuentro no me dejaron en paz ni de día ni de noche. Me hicieron pensar en el sentido de mi lucha y llegué a la conclusión de que estaba exponiendo mi vida por algo que no valía la pena y que lo mejor que podía hacer era tratar de buscar y servir a Dios para tener una esperanza presente y futura en la vida». El joven siguió relatándome la experiencia que había vivido después de haber tomado la decisión de abandonar la guerrilla. Su camino había estado hasta esos momentos jalonado de pruebas duras y difíciles de sobrellevar; ya que por un lado, sus antiguos compañeros de armas lo habían declarado como traidor a la causa y lo buscaban para hacer ajusticiarlo, es decir matarlo; y por otro lado el gobierno le perseguía para matarlo también. Un día se encontró con sus antiguos compañeros, lo que tanto había temido ocurrió. De forma breve e interiormente, hizo una oración al Señor pidiéndole fuerzas para no claudicar de su fe, y se puso en las manos de Dios. Le hicieron arrodillarse para matarlo; él hizo su última oración al Señor, nuevamente, para poner su vida en sus manos y orando a su vez por sus verdugos y luego, sacando fuerza de su debilidad, les dirigió unas palabras preguntándoles cuál era la maldad que él les había hecho al retirarse del movimiento armado, que sólo había tomado la decisión de servir al Señor y les explicó de su parte que nunca había albergado la intencionalidad de hacerles mal alguno delatándoles a las autoridades. Que lo único que había hecho era dejar las armas porque entendía que la ley del amor estaba por encima de la ley del odio y de la guerra. No obstante si ellos decidían quitarle la vida él confiaría en el Señor que algún día lo resucitará y le dará la corona de la victoria. Los guerrilleros, al escuchar al joven, decidieron dejarle marchar sin hacerle ningún daño. Días más tarde, siendo sábado y hallándose reunido con el resto de la hermandad en la sociedad de jóvenes de la tarde, llegó el ejército, que irrumpiendo en la iglesia dijo su nombre para que se identificara y saliera a fuera. El joven se identificó y lo sacaron al patio de la casa donde estaban reunidos. El teniente, jefe del grupo de soldados, mandó traer leña y ordenó que la apilaran; entonces lo tomaron a él, le ataron las manos atrás y lo sentaron sobre la leña. El joven tenía en sus manos la Biblia y la asía con fuerza, mientras elevaba desde el fondo de su corazón oraciones a Dios en busca de socorro y protección. La voz enérgica del teniente heló los corazones de todos los que estaban contemplando la escena: «rocíenlo de gasolina a él y a la leña y préndale fuego», lo cual fue hecho inmediatamente. Encendieron un fósforo y al aproximarlo a la leña ésta no ardió. Luego trajeron más gasolina y ahora fue el teniente quien tomó el fósforo y quiso encender la leña, pero no pudo conseguirlo. En esos momentos, el joven, como inspirado por Dios, les dijo a los soldados: «Jamás me podrán hacer daño, pues aunque como ser humano he cometido muchos errores y merezco morir por mis pecados, me he arrepentido delante de Dios y tengo la seguridad que él me ha perdonado y me promete en este libro que tengo entre mis manos atadas, que estará a mi lado y aunque pase por el fuego no permitirá que me haga ningún daño, porque estoy arrepentido y ya no soy un malhechor, ahora soy un hijo de Dios». Cuando el teniente escuchó esto fijó sus ojos en el joven y su rostro quedó pálido y de inmediato fue abandonando poco a poco el lugar y los demás soldados le siguieron dejando atado al joven sobre la leña. Los hermanos estaban orando fervientemente en el lugar de reunión y sus oraciones fueron escuchadas. Así fue como libró su vida el Señor y le mostró su amor y misericordia hacia él. Nunca más le volvieron a buscar para matarle. El joven, mientras me contaba su experiencia, lloraba lleno de gozo y de agradecimiento a Dios. Me acordé de las palabras de Santiago: «Si Dios es con nosotros ¿quién contra nosotros?» Esta experiencia hasta hoy está viva en mi mente y me ha ayudado en mi vida cristiana, porque es una evidencia clara de que Dios existe y que interviene puntualmente para ayudar a sus hijos, a aquellos que le sirven en la verdad. Espero que también para quienes lean esta experiencia les brinde la esperanza y la seguridad de que Dios constantemente está al lado de sus hijos. Experiencia vivida por Jorge Eliecer Torres Colombia Hace muchos años atrás descubrí que la vida tenía un sabor que nunca antes había gustado. En sentido figurado, y aludiendo a la Palabra de Dios, podría decir que era dulce al paladar pero amargo al estómago. La parte atrayente era el sabor dulce: la atracción de las cosas prohibidas de la vida; y yo quería experimentarlo todos los días. Y así anduve adentrándome más y más en el fango de la heroína. Esta aventura tenía un precio muy alto, que tuve que pagar con el abandono de todos aquellos que me querían: mi madre, mi abuela, mis amigos y compañeros y hasta la madre de mi hijo. Me quedé solo, a solas con mi heroína. Yo creía que la estaba dominando a ella, pero en realidad era ella la que me estaba esclavizando a mí. Al comprobar que nadie me quería y que todos se apartaban de mí, y con razón, ya que les había hecho mucho daño, hice de la droga mi compañera inseparable, mi válvula de escape, mi desahogo permanente, el sucedáneo de la verdadera felicidad. Decidí irme a vivir cerca de donde se movía la droga, un barrio degradante, de chabolas y barracas, donde la gente que vivía era corrompida. Por qué iba a reprocharles nada, yo era igual que ellos. Me integré rápidamente en esa comunidad del delito. Vivía por y para la heroína, estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para poseerla; el resultado fue que tuve muchos conflictos con esa clase de personas y hasta llegué a estar en la cárcel. Yo sabía que lo que hacía estaba mal, y a veces sentía la vocecita del centinela de mi conciencia, casi ya muerto, que me recordaba que estaba en mal camino y que debía cambiar. ¿Cambiar? Sí, yo quería, y lo intenté una y mil veces pero sin ningún resultado, siempre volvía a caer. Y es que cuando uno se adentra en el mundo de las drogas, éstas no vienen solas; siempre se asocian a otras clases de transgresiones y prácticas degradantes, que te van consumiendo hasta llegar a ser una marioneta en manos del diablo. La situación era cada vez más insoportable; me daba asco de mí mismo, no quería seguir viviendo así. Deseaba sinceramente cambiar, pero no sabía cómo hacerlo. La sensación que me embargaba era la de haberme introducido en un camino sin retorno. ¿Qué iba a hacer en esta situación? Alguien me aconsejó que ingresase en uno de esos centros que se dedicaban a rehabilitar a los toxicómanos. Accedí y por un tiempo de siete años estuve frecuentando esta asociación. Ingresaba por un período de tiempo y cuando ya creía que había vencido el hábito, volvía a los ambientes de antes y allí desaparecía mi fuerza de voluntad y volvía a caer. Y así fui entrando y saliendo, hasta que la misma asociación me mandó a su centro de España. Contaban con más de diez apartamentos en todo el país, y su dinámica era involucrar a los jóvenes en fase de rehabilitación, en la divulgación de folletos, revistas y otros materiales, informativos que tenían el objetivo de ayudar a prevenir el consumo de la droga. íbamos de casa en casa, también por empresas y comercios, ofreciendo la literatura y recibiendo a cambio ayudas económicas voluntarias, distribuidos en grupos de diez, por edificio, y de dos en dos a la hora de realizar la tarea. Un día, hallándome realizando esta actividad, me encontré por la calle a una chica que hablaba el mismo idioma que yo. ¡Qué alegría me dio! «Es muy agradable poder hablar tu lengua con alguien, lejos de tu casa, en un país que no es el tuyo» le dije amablemente. Intercambiamos bastantes palabras y pensamientos, hasta crear una pequeña amistad. Al poco tiempo dejé la asociación y busqué a la chica, de la que ya me había enamorado. Ella tenía una costumbre diferente a todas las otras chicas que yo había conocido: Oraba a Dios. Una de las primeras oraciones suyas que yo escuché así: «Señor, te doy gracias por la vida de este buen chico. Abre su corazón para poder aceptar y entender tu Palabra. En el nombre de Jesús te lo pido. Amén». Me obsequió una Biblia para que la leyese, aconsejándome el salmo 32 donde dice: «Bienaventurado aquel a quien es perdonada su transgresión y cubierto su pecado». Este era el comienzo de un nuevo camino en mi vida. Un sabor en mi boca distinto al que estaba acostumbrado a gustar. La fe en Jesús, como mi Salvador personal, fue tomando forma y desarrollándose en mi corazón. El Espíritu Santo, cada vez que yo leía la Palabra, iba obrando una transformación más profunda y duradera que todos los esfuerzos conjuntos pasados realizados para librarme de las ataduras de mi vicio de muerte. Aunque debo decir que agradezco a las personas del centro donde ingresé para rehabilitarme, porque hicieron todo lo que sabían y podían para ayudarme. «La fe viene por el oír y el oír por la Palabra de Dios» (Rom. 10:17). Comprobé que esta enseñanza bíblica se hacía realidad en mí. «Porque la Palabra de Dios es vivía y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el Espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón» (Heb. 4:12). Mi pobre y arruinado corazón, debilitado y manchado por el pecado, ahora comenzaba a latir con otro ritmo, con más fuerza, con una esperanza luminosa y experimenté que las palabras de Pedro, de Pablo, de Juan y de cualquier escritor sagrado de la Biblia, eran una realidad viva y no una teoría muerta, o una quimera de un grupo de locos. «Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la Palabra de Dios que vive y permanece para siempre» (1 Pedro 1:23). El Espíritu de Cristo me impulsó con una fuerza ajena a mí, hacia el camino que yo siempre, en lo más recóndito de mi corazón, había deseado caminar. Un camino de bien y de justicia, de amor y de verdad; el camino de la luz. «Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Juan 8:12). Jesús, la luz del mundo, ahora ilumina mi sendero hacia la patria celestial y me alimenta con su pan de vida. Es maravilloso descansar en los brazos amorosos de Aquel que vino a morir por cada pecador, sentir la seguridad de que Jesús me ama a pesar de mis pecados pasados y que si confío en él no tengo nada de qué temer. «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es fácil y ligera mi carga» (Mat. 11:28-30). Ahora tengo una nueva canción en mis labios, tal y como dice David en los salmos: «Puso luego en mi boca cántico nuevo, alabanza a nuestro Dios.» (Sal. 40:3). La verdad me ha transformado y espero que me siga cambiando hasta llegar a reflejar el carácter de Jesús: «Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Juan 8:31, 32). Esta es la verdadera bienaventuranza. Mis familiares, que antes se alejaban de mí con temor, ahora me buscan y desean estar a mi lado y esto me produce una gran satisfacción y alegría. Están admirados del cambio que se ha verificado en mi vida, y esto me da la oportunidad de testificar por Cristo: «Grandes cosas ha hecho Jehová con nosotros; estaremos alegres.» (Sal. 126:3). «Una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo» (Juan 9:25). Hoy estoy en la iglesia del Señor Jesús, abrazando la esperanza bienaventurada de su segunda venida a esta tierra y cuando tengo aflicciones, le doy gracias a Dios, porque no se puedan comparar al mucho sufrimiento que arrostré en mi vida pasada y tampoco son nada, comparadas con las pruebas que tuvo que padecer Cristo para salvarme. Amo a mi esposa, a mis hermanos en la fe, a mis familiares, amo la vida y amo sobre todo a Jesús, en quien «tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia» (Efes. 1:7). He podido aprender mucho de todo lo que me ha ocurrido a pesar de que tuve que vivirlo desde mi infancia, en primer lugar que el diálogo en la familia, la unión entre los cónyuges, el respeto y amor, el ser amigo de los hijos y dialogar con ellos como si fueran nuestros amigos, la educación en valores morales y religiosos, una educación para el trabajo y el cumplimiento del deber, el ejemplo y otros factores, son esenciales para evitar que los jóvenes se lancen en el túnel de la perdición. Eso es justamente lo que a mí me faltó. Ojalá que los que lean mi experiencia recapaciten y puedan evitar cometer los errores que a otros nos hicieron sufrir tanto. Fue así como logré salir del mundo de las drogas y del delito. Si escribo esta experiencia es para ayudar a otros jóvenes, a fin de que no tengan que caer en el agujero oscuro, frío y profundo en el que yo me vi. Es cierto que Dios te puede ayudar a vencer cualquier problema, como lo ha hecho conmigo; pero no es menos cierto que muchos problemas que dejan marcas y dolor, se podrían evitar si simplemente dijésemos «no» al pecado, si nos negásemos, con el favor de Dios, a andar por la senda de lo prohibido; que aunque parece hermosa, a la postre sólo es un camino de muerte. Experiencia vivida por José Alberto Portugal
Siempre creí en Dios. Desde mi más tierna infancia aprendí que hay un Dios en los cielos que premia a los buenos y castiga a los malos. Al menos esta era la visión que me habían inculcado como católico. Nací un día del mes de marzo de 1926 en Jaca (Huesca), España; tierra bella, de gente noble y trabajadora. Productora de cereales y de plantas forrajeras, de ganado lanar y variada industria maderera, piedra artificial, harinería, etc. Según cuenta la historia, fue tomada en el año 194 antes de J.C. por Marco Publio Catón y llegó a convertirse en paso estratégico de los Pirineos. Los árabes la hicieron tributaria y los condes francos la gobernaron hasta el siglo IX. Fui creciendo en estos parajes como cualquier otro niño, con miedos y quimeras, con ideales y sueños. De amplia tradición católica, fui acatando fielmente las tradiciones de la iglesia, con el objetivo de alcanzar un día la salvación prometida por nuestro Señor Jesucristo. Y así fue como, después del servicio militar, -contaba yo con 23 ó 24 años a la sazón-, asistí a unos ejercicios espirituales con varios buenos amigos. Allí tomé la decisión de entregarme al Señor. Lo hice como fraile en la orden de los dominicos. Mi singladura me llevó a servir en muchos conventos de España: Zaragoza, Valencia, Alicante, Requena, etc. En unos, como en el Colegio de los Dominicos de Valencia, fui hermano dispensero, en otros portero... Para mí lo más importante era servir a la causa de Cristo y no importaba la manera; por serviles que fueran mis actividades, las realizaba con mucho contentamiento, teniendo siempre en vista la salvación que ofrece Cristo a los que perseveran en el bien hacer. Acataba todas las normas de la orden y las practicaba sinceramente: Los rezos, ayunos y otras penitencias, algo así como Lutero, cuando ingresó en el convento de los agustinos de Erfürt (Alemania), buscando ganarse el cielo con sus obras. Las disposiciones internas me llevaron al continente americano y durante cuatro años, de 1960 a 1964, serví en Guatemala. Fue allí donde ocurrieron los hechos que cambiaron el rumbo de mi vida. Un día, una feligresa de la parroquia me trajo un libro que ella tenía, y que se titulaba «El Conflicto de los Siglos». Me pidió que le dijera si ella podía leerlo y si estaba en armonía con la doctrina de la iglesia. Le contesté que lo iba a examinar y que le daría la respuesta. Yo tenía un compañero de habitación que era sacerdote y aproveché una de sus ausencias, en las que él iba a hacer una gira por las aldeas, para leerlo. Evidentemente si hubiese estado él me lo habría quitado, al no llevar el «Níhil óbstat» o censura eclesiástica católica. En cuestión de 8 ó 10 días lo leí. El Espíritu Santo impresionó vívidamente mi entendimiento y comprendí, a la luz de la Biblia, que yo estaba completamente errado. Que la salvación es un don de Dios y que no es el fruto de nuestras buenas obras, sino éstas son el fruto de nuestra fe. (Rom. 1:17; 5:1; 4:1-8). Muchas dudas e inquietudes se me despejaron para siempre y comencé a ver a Dios como un Padre amoroso que desea la salvación de toda la humanidad y no ese dios que me habían presentado, inventor del infierno, donde se estarán quemando eternamente los que obren mal. Como es de suponer, no pude seguir enseñando lo mismo que antes, y empecé a presentar a Cristo como el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo y que ha de venir por segunda vez a esta tierra, tal y como apuntan las profecías de Daniel y Apocalipsis. Que los mandamientos de Dios son inmutables y que el sábado forma parte de ellos, como día que hay que respetar y no así el domingo, institución humana basada en la tradición y sin raigambre bíblica. Algunos compañeros superiores me instaron a no ser tan radical y a no tomar la Biblia al pie de la letra, sino ceñirse a las disposiciones de los concilios de la iglesia. Así seguí unos años más, pero sintiéndome mal conmigo mismo y cada vez que asistía a una celebración había algo que no me dejaba tranquilo. Por fin regresé a España y sobre el año 1969 busqué la Iglesia Adventista donde ya me quedé, por considerar que se ceñían, en enseñanza y práctica, a las doctrinas bíblicas. Tal vez un año más tarde, conocí el Movimiento de Reforma Adventista, el cual acepté con mucho gozo en mi corazón, para vivir una fe más en consonancia con la Palabra y donde me encuentro hasta el día de hoy; abrazando la esperanza del próximo regreso de nuestro Señor Jesucristo en gloria. Considero que la labor que realizan los colportores es de suma importancia para completar la obra de la predicación del triple mensaje angélico, ya que la página impresa llega a lugares recónditos e insospechados, lugares que los predicadores no pueden alcanzar. Por esa misma razón, siempre que puedo, y mi trabajo me lo permite, yo también distribuyo la literatura. El libro «El Conflicto de los Siglos» también puede llevar a otros al verdadero conocimiento de la Palabra y esto me ha impulsado a ofrecerlo a sacerdotes y frailes, muchos de los cuales los aceptan, y también a toda persona que se cruza en mi camino. ¿Por qué no puede ocurrirle a ellos lo mismo que me ocurrió a mí? La promesa de Dios es que echemos nuestro pan sobre las aguas y que un día lo hallaremos. Los mensajeros silenciosos hacen su obra. La página impresa entra en hogares, en conventos, en cárceles, en hospitales, en escuelas y universidades, y al ser leída el Espíritu se encarga de impresionar las mentes. Dios bendiga a los valientes colportores que realizan esta magna tarea en pro de los perdidos. Experiencia vivida por José Tiznel Barcelona, España
|
||||||||||||||||||