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Cuando se inventaron los trenes no eran tan seguros como los de hoy. Tuvieron que pasar muchos años hasta que se fueron perfeccionando. No era de extrañar que de vez en cuando hubiesen averías y también, desgraciadamente, accidentes. Elena G. de White tuvo que viajar muchas veces en aquellos trenes. Un día se disponía a viajar en tren con su esposo Jaime White. Estaba sentada en uno de los asientos de un vagón, cuando de pronto se puso en pie y le dijo a su marido: “Creo que debemos camibar de vagón”. Su esposo accedió a la petición y se trasladaron ellos con el equipaje a otro lugar del tren. Al cabo de un rato se escuchó un fuerte ruido, después llantos y quejidos… El tren había sufrido un accidente. Y lo más asombroso fue que el vagón donde primeramente se había sentado el matrimonio White, había quedado destrozado. ¿Fue una casualidad que ellos cambiaran de vagón? Yo creo que no. Dios libró sus vidas.Volver a la tabla de contenidos
Betty salía del cuarto de los juguetes, llevando en su mano un merengue. Su hermano Carlos, que estaba construyendo un barco, al verla, le grito: - ¡Mira que egoísta! ¿Por qué no me trajiste otro para mí? Trae, dame este que tienes en la mano – y con un rápido mantón pretendió arrebatarle el merengue a su hermana, pero con tan mala suerte, que éste se deshizo, cayendo al suelo entre el aserrín. - ¡Oh, Carlos! – exclamó Betty - ¿Por qué no esperabas un momento? Ese dulce era para ti. La abuelita compró uno para cada uno de nosotros, y yo ya había comido el mío antes de venir. Carlos se quedó muy avergonzado. - Creo que ha sido una lección para mí el haber perdido mi parte por haber procedido tan groseramente – dijo.
Una mujer muy pobre pudo enviar a su hijo a la Universidad. Cuando estaba por graduarse, el muchacho le escribió una carta a la madre pidiéndole que asistiera a la ceremonia. Pero ella le dijo que no podía ir porque tenía un solo vestido, bastante viejo. El hijo le aseguró que lo del vestido viejo era un asunto que no le importaba. Lo que quería era que estuviese ella. Por fin, la mujer hizo el viaje. El día de la entrega de los diplomas, el joven entró en el salón de actos con su madre, y le buscó uno de los mejores asientos. Mucho se sorprendió la anciana cuando supo que el hijo era el mejor alumno de su promoción; y cuando el muchacho recibió el premio, descendió del escenario y delante de todo el público reunido beso a su madre y le dijo: - Toma, mamá; este premio es tuyo. Si no hubiese sido por ti, jamás lo hubiera sacado. Gracias a Dios por hombres de esta clase. (S. Vila)
La grandeza o la pequeñez de un niño no depende de su altura física sino de su comportamiento.
Lee con atención las dos historias anteriores y contesta las siguientes preguntas:
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«El que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto." (Jn. 15:5). Cuando alguien está en un lugar y no se mueve de él, se dice que permanece allí. ¿Qué es permanecer en Jesús? Estar siempre a su lado, no alejarse de él. Cuando un niño abre su corazón al Salvador y le cuenta sus cosas como si se tratara de su mejor amigo, permanece en Jesús; cuando un niño lee la Biblia, o la escucha leer a sus padres, o al pastor en el culto, o cuando estudia la escuela sabática con su maestro o maestra, permanece en Jesús. Y a medida que los niños oran y buscan agradar a Jesús, estudiando su Palabra y queriendo hacer su voluntad, entonces se convierten en niños que llevan mucho fruto: Son obedientes a sus padres, son amables y respetuosos con los ancianos, no molestan a los demás niños, ni les hacen ningún daño, ni les roban sus lápices de colores, ni su goma de borrar, ni se enfadan por cualquier cosa. Si un niño se porta mal es señal de que no está permaneciendo al lado de Jesús, y esto es igual que alejarse del fuego en una noche fría. ¿Qué ocurre? Las manos, los pies, todo el cuerpo, comienzan a enfriarse y a tiritar de frío; pero si nos volvemos a acercar al fuego y permanecemos a su lado entonces entramos en calor. Los niños pueden ir a Jesús y recibir su maravilloso amor que es como un fuego que calienta el corazón. Querido niño ¿quieres permanecer al lado de Jesús? Jesús ama mucho a los niños y también te ama a ti, así lo enseña la Biblia. En una ocasión que unas madres deseaban que el Señor bendijera a sus niños, los discípulos se lo impidieron, pero Jesús les dijo que no debían obrar así, más bien al contrario. Debían dejar que los niños vinieran a Él para que permanecieran a su lado. ¿No es hermoso? ¿Amas tú a Jesús?
aDile a tus padres que te lean esta historia. Se encuentra en Mat. 19:13-15. aMientras estás al lado de mamá o papá diles que te cuenten qué es una vid y qué frutos produce. a¿Has observado que pasa con una rama cuando alguien la corta separándola de su árbol? a¿Sabes que ocurre cuando un niño se separa de Cristo? aDile al Señor Jesús en tu oración que quieres estar siempre con Él.
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Me llamo Jonás, y soy hijo de Amitay. Os voy a contar una historia donde pasé muchas aventuras. Un día, Dios, me mandó que fuera a Nínive, que era una ciudad muy grande, pero habitada por gente pecadora, para que les predicara y les advirtiera de lo que pensaba hacer Dios si ellos no se arrepentían de su maldad. No era tarea fácil, ya que aquellas personas no temían ni obedecían a Dios. Eran paganos y seguro que no les importaba nada matarme Entonces, buscando una excusa para no ir, pensé que ellos no merecían recibir el amor de Dios, ya que no eran su pueblo. Embarqué en Jope para irme a Tarsis, donde se creía que estaba el fin del mundo, con el objetivo de huir de la presencia de Dios y de los ninivitas. Estando navegando, de pronto, se levantó una tormenta muy fuerte. Cuando sucedió esto, yo había bajado al interior de la nave y estaba durmiendo profundamente. Los marineros no podían controlar el barco y todos pensaban que la nave se iba a partir. En su desesperación empezaron a clamar a sus dioses. Entonces llegó el capitán y me dijo: “¿Qué haces aquí, dormilón? ¡Levántate, y clama a tu Dios; quizá él se acordará de nosotros, y no pereceremos!”. Cuando llegaron a saber que yo huía de la presencia de Dios y que por mi culpa se había desatado la tempestad, me preguntaron lo que tenían que hacer para que se calmara el mar. Entonces les contesté que me arrojaran por la borda al agua y así lo hicieron. Era el fin para mí. Pero cuando estaba debajo del agua, y ya a punto de perder el conocimiento, vi un pez muy grande que se acercaba hacia mí. Milagrosamente fui tragado por aquel animal marino. Cuando me vine a dar cuenta ya estaba en su gran estómago. Allí olía a mariscos y algas... Lo primero que pensé fue en Dios. ¡Qué gran misericordia la suya! A pesar de mi desobediencia él no permitió que muriese ahogado en las turbulentas aguas. Así nos trata el Señor, devolviéndonos su bien por nuestro mal. Elevé una sincera y fervorosa oración desde mi curioso lugar de salvación. Allí permanecí tres días y tres noches. Realmente fui el primer hombre que viajó en submarino, antes de que se inventara. Después de este tiempo, el pez me arrojó en Nínive, bueno, no era Nínive, sino una playa que estaba lejos de allí. Ahora me hallaba en la misma situación que cuando recibí el mandato de Dios. El me estaba dando otra oportunidad y esta vez no iba a desobedecer. Tardé unos cuarenta días, más o menos en llegar a la que fuera la antigua capital de Asiria. Y allí prediqué el mensaje que el Señor me había mandado que predicara: “De aquí a cuarenta días, Nínive será destruida”. Tanto el rey como los habitantes de Nínive se arrepintieron y cambiaron de actitud, por lo que Dios tampoco los destruyó, sino que les perdonó. En vez de alegrarme, me enfadé, hasta el punto de querer que Dios me quitara la vida. No comprendía por qué Dios me había llevado allí, para anunciar el castigo divino y después no ocurrió nada. Hubiera sido mejor que el Señor no pensara en mí para esta obra. Haciendo crecer una calabacera, el Señor me preservó del sol y también me dio una lección muy valiosa. Al día siguiente de crecer esta planta, Dios preparó un gusano que hirió la calabacera y se secó. Entonces, al salir el sol, éste me incomodaba en gran manera, de tal forma que me desmayaba; y una vez más pedí la muerte a Dios. En esos momentos recibí la enseñanza del perdón y del amor de Dios hacia todos los hombres. El me dijo: “Tú has tenido lástima de la calabacera, en la cual no trabajaste, ni tú la hiciste crecer; que en espacio de una noche nació, y en espacio de otra noche pereció. ¿Y no tendré yo piedad de Nínive, aquella gran ciudad donde hay más de ciento veinte mil personas que no saben distinguir entre su mano derecha y su mano izquierda, y muchos animales?” Pues bien, esta es mi historia. Hay siempre lo que Dios te diga. Yapci Trujillo Volver a la tabla de contenidos
«El Eterno te guardará de todo mal, él guardará tu vida. Guardará tu salida y tu entrada, ahora y siempre» (Sal. 121:7-8). Cuando se inventaron los trenes no eran tan seguros como los de hoy. Tuvieron que pasar muchos años hasta que se fueron perfeccionando. No era de extrañar que de vez en cuando hubiesen averías y también, desgraciadamente, accidentes. Elena G. de White tuvo que viajar muchas veces en aquellos trenes. Un día se disponía a viajar en tren con su esposo Jaime White. Estaba sentada en uno de los asientos de un vagón, cuando de pronto se puso en pie y le dijo a su marido: «Creo que debemos cambiar de vagón». Su esposo accedió a la petición y se trasladaron ellos con el equipaje a otro lugar del tren. Lo que no sabía Elena ni su esposo es que Dios le había puesto esta idea, porque algo estaba por ocurrir. ¿Qué sería? Al cabo de un rato se escuchó un fuerte ruido. Después llantos y quejidos... El tren había sufrido un accidente. Y lo más asombroso fue que el vagón donde primeramente se había sentado el matrimonio White, había quedado destrozado. ¿Fue una casualidad que ellos cambiaran de vagón? Yo creo que no. Dios libró sus vidas, como tan ciertamente libró las vidas de los jóvenes hebreos que fueron lanzados en el horno de fuego. ¡Cuán importante es encomendarnos a Dios siempre que tengamos que salir de viaje!
ACTIVIDADES aPregúntale a tus padres cuándo fue la primera vez que viajaron en tren, a ver si se acuerdan. a¿Has subido tú alguna vez en tren? a¿Qué es lo que más te gusta de los trenes? a¿Tienes la costumbre de orar antes de salir de casa? aEs importante que cada vez que tengas que viajar con tus padres o tú solo, ores a Dios para que te proteja a ti y a los que van contigo. a¿Quiénes crees tú que están a tu lado cuando viajas? Volver a la tabla de contenidos
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