EL MATRIMONIO Y LA FAMILIA“Y dijo Dios: no es bueno que el hombre esté solo...” (Gn. 2:18). El relato bíblico de la creación del hombre, no obstante su brevedad, expresa claramente la realidad psíquica y vital de no sentirse completo, no sentirse integrado en su estado solitario. Es de suponer que Dios haya postergado algo la creación de Eva, a fin de hacerle experimentar la diferencia entre soledad y compañerismo, entre calor y frialdad. Dios quiso que el hombre sintiera la necesidad de dar y recibir afecto, de amar y ser amado, a fin de estimar y cuidar celosamente ese privilegio que viene a ser el matrimonio. En este sentido, la actitud frente al matrimonio, tiene mucho que ver con su éxito o fracaso. Si consideramos al matrimonio como algo al cual tenemos derecho por el mero hecho de nacer y vivir; algo que podemos conseguir como y cuando lo queremos, como cualquier producto de supermercado, ya estamos adoptando una actitud previa básica, pero errónea. Lo que hoy menos se piensa es que el matrimonio es un don de Dios al hombre. No un mérito absoluto, puesto que no todos lo obtienen y, peor aún, no todos lo cuidan y preservan.
El matrimonio como don de Dios Todas las obras de Dios son admirables, hechas con suma sabiduría y con benevolencia hacia el hombre. Todas ellas son buenas y útiles al ser humano, pero todas están sometidas a leyes para que no se desvirtúe su propósito. Dios nos ha dado la tierra para habitarla; la vegetación para alegrarnos y alimentarnos, para purificar el aire y producir oxígeno; el sol con su alegría y con sus poderosos rayos que calientan y transforman las substancias inertes en orgánicas, adaptándolas a nuestro organismo; el reino animal con su inmensa variedad y formas; nuestro cuerpo y nuestro intelecto, con sus innumerables y asombrosas funciones, etc. Cada una de estas cosas recibió sus leyes. Mientras dichas leyes se respetan, se preservan sus funciones y perduran sus beneficios para el hombre. Si no se respetan sobrevienen gravísimos resultados. El matrimonio es en verdad un don de Dios y no un invento del hombre.
Una institución moral El mundo natural, de la vida vegetal y animal, nos manifiesta cada día que no puede haber convivencia y unión, sin afinidad e identificación de una parte con otra. Los partidos políticos ilustran adecuadamente esta realidad. Diferentes partidos, con ideologías diferentes, logran un acuerdo político (modo de gobernar) sobre un programa de gobierno, y forman un equipo de gobierno. Aquí tenemos un ejemplo del matrimonio. Seres diferentes se unen sobre una base. Mientras todos acatan el pacto pueden subsistir como gobierno. Pero tan pronto como un partido rompe el acuerdo, se “acaba el matrimonio”. La Biblia dice: “¿Andarán dos juntos si no estuvieren de acuerdo?” (Am. 3:3). “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos: porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia Cristo con Belial? ¿O qué parte el creyente con el incrédulo?” (2 Cor. 6:15-15). El matrimonio une dos personas con sus peculiaridades, virtudes y defectos diferentes. Para que la pareja se una y conviva en paz, sin que el uno se vea pisoteado por el otro, necesitan una base, una norma imparcial y justa que protege los derechos de cada uno; que haga de árbitro entre ellos, e inclusive moldee las actuaciones aún antes de que se produzcan, aprobando o censurando los móviles subyacentes, inspirándolos en un principio. El gran código moral que Dios dio al hombre como norma de su comportamiento y modelo de su carácter, es la ley de los Diez Mandamientos, contenida en Éxodo 20:1-17, cuya síntesis es amor a Dios y al prójimo. De no conocer o no respetar esta norma establecida por el mismo Autor del matrimonio, cada uno se hará su propia ley, de acuerdo a sus inclinaciones, y tratará de imponerla. Y aquí es donde se originan los problemas, pues el corazón humano es fuertemente egoísta, y cada uno actúa en menor o mayor grado en forma egoísta. Las discordias o catástrofes matrimoniales, amén de los demás problemas de la familia, se deben a que el individuo se identifica con sus inclinaciones y pasiones y actúa según ellos, en vez de actuar por principio. En el matrimonio se juntan dos caracteres o comportamientos. Sin la base moral, el matrimonio es como un edificio sin cimientos, cuyas ruinas ponen en peligro toda la sociedad.
Diagnóstico Es bien sabido en medicina que el tratamiento de una enfermedad depende de un buen diagnóstico. Sin saber la causa es poco menos que imposible aplicar el tratamiento sanador. En teoría todos aceptamos que “ninguno es perfecto”, por lo cual estamos dispuestos a equivocarnos, y por consiguiente tendríamos que reconocer y corregir nuestros errores. En la práctica, no obstante, todos idolatramos ese dios que es nuestro yo, y ¡ay, si alguien no nos respeta!
Matrimonio y libertad de acción Los seres humanos estamos expuestos y sufrimos opresiones físicas, psíquicas, económicas, laborales, de dependencia, etc., que nos causan tensiones y crispación. En compensación todos concebimos el matrimonio o la familia como el refugio ideal, como nuestro reino donde podemos dar rienda suelta a nuestros deseos, impulsos y maneras de ser. Es correcto pensar así, pero todo tiene sus límites. Hay líneas invisibles que delimitan el terreno del derecho y el del egoísmo y la pasión. ¡Cuántos fumadores intoxican el escaso aire de un piso, no respetando la necesidad y el derecho de los demás, de un ambiente saludable y cómodo, tan sólo porque a ellos les gusta y lo consideran un derecho de su persona! ¡Cuántos usan un lenguaje vulgar porque les deleitan dichas expresiones, descuidando la influencia que ellas ejercen sobre ellos mismo y sobre los demás! Tampoco faltan los maniáticos de una idea, llevando a los extremos ciertos temas. Para unos puede ser el deporte, para otros la política, para otros los placeres (bebida, comida, modas, sexo, TV, cine, etc.), para muchos es la búsqueda de riquezas, el prestigio, la carrera, ideales de todo tipo, etc. También hay quienes son perezosos e indolentes, que descuidan sus responsabilidades y deberes. “Toda asociación en la vida requiere el ejercicio del dominio propio, la tolerancia y la simpatía” (MC, pág. 384). Sea en el matrimonio o fuera de él; en la casa o en la calle, en el colegio o en el trabajo, todos somos libres, pero no para que cada uno disfrute su libertad a costa de los demás, o pisoteando su propia salud, o ignorando la responsabilidad que se tiene ante otros individuos en cuanto a educación, ejemplo, influencia, conducta al volante, uso del medio ambiente, etc.
El remedio La raíz de los males de la humanidad y de la familia tiene su origen en el egoísmo de cada uno. El hecho de que somos fuertemente impelidos a identificarnos con él y a practicarlo no nos justifica ni a nosotros como personas, ni a nuestros caracteres. Hace falta un antídoto capaz de contrarrestar la intoxicación que cada uno tiene en su ser, desde el mismo nacimiento. Si el egoísmo produce egolatría, individualismo, desprecio de los demás, frialdad, indiferencia, desafecto, avaricia, ofensas, rencor, xenofobia, racismo, odio, etc., existe otro principio de acción capaz de invertir estas consecuencias en todo lo bueno, positivo y deseable. Con escasas excepciones todos sabemos la ternura y confianza que irradia una buena madre o un buen padre. Todo hijo o hija aprecia y estima profundamente el cariño, la fidelidad y la generosidad de sus padres. Dentro de sus posibilidades son una fuente de afecto y altruismo. Esta actitud ha plasmado y consolidado fuertemente los vínculos más profundos y duraderos en el ser humano. Una enfermera de la sección de psiquiatría de un famoso hospital de Londres, comentó recientemente que muchos niños sufren problemas psíquicos serios por la ignorancia de los padres en las cosas más elementales de un hogar. Padecen trastornos psíquicos y de comportamiento a raíz de la crispación, la frialdad, desentendimiento entre los padres, por la mentalidad individualista, donde cada uno piensa sólo para sí mismo. Una vez más confirmaba el poder y el buen resultado del amor altruista.
El modelo de convivencia Aunque unos buenos padres personifican muy bien esta virtud o principio de acción, la verdadera fuente y el modelo perfecto es el Hombre de la cruz; Aquel que vivió y demostró en la práctica lo que es verdadero amor y renunciamiento propio, para darnos paz, armonía, fe, esperanza, contentamiento y felicidad, nuestro Señor Jesucristo. Un hogar donde las miradas y los pensamientos están fijos en los cuerpos y los aspectos materiales, pronto o tarde decepcionará, porque todo eso cansa y decepciona. El hogar donde cada uno reconoce sus deficiencias, donde se perdona y se es perdonado, y en vez de imponerlas a los demás dirige su mirada al modelo divino que le enseña sus errores, pero le da su ayuda para superarlos, es esa escuela donde todos aprenden a perdonar, a vencer y a avanzar con heroico compañerismo. Mientras esperamos y exigimos de los demás lo que nosotros no estamos dispuestos a hacer, no hemos aprendido la lección básica de la convivencia humana. Vittorio Di Franca
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