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MINISTERIO ELECTRÓNICO
“Al anunciar el evangelio, no tengo de qué gloriarme, porque me es impuesta necesidad. ¡Ay de mí, si no anunciara el evangelio!” (1 Cor. 9:16).
“Relataron cuán grandes cosas había Dios hecho con ellos” (Hech. 14: 27).
“Preparad el camino del Señor. Enderezad sus sendas” (Mat. 3:3).
EL CUERPO DE CRISTO: LA IGLESIA REFLEXIONES EN TORNO AL TERMINO (II PARTE)
En el artículo anterior pudimos ver que Cristo es el fundador y sustentador de su iglesia, y que ésta la conforman los creyentes de todo el mundo, quienes a su vez forman parte de la gran familia de Dios en el universo (Efes. 2:19; 3:15). Tomamos el parangón que usa el apóstol Pablo para comparar a la iglesia con el cuerpo humano y comprobamos la trascendencia que tiene la unidad en la iglesia -el cuerpo de creyentes- y el seguir los dictámenes de Jesús -nuestra Cabeza- a fin de poder ser capacitados para cumplir con eficacia la misión a la que hemos sido llamados.
La misión de la iglesia
Desde que el hombre cayera en pecado, aún más, desde antes de su creación, Dios tenía preparado un plan por si acaso decidían sus criaturas desobedecerle: el plan de redención (1 Ped. 1:18-20). Cristo, el Hijo de Dios, dejaría su gloria que tenía al lado del Padre antes de que el mundo existiera (Jn. 17:5), y descendería a este mundo corrompido por el pecado. Y así fue.
Cristo veló voluntariamente su divinidad con un cuerpo humano que sufría la degeneración de cuatro mil años. Vivió entre los hombres, como hombre, experimentando las mismas necesidades y pruebas. Les abrió su boca para revelarles las más sublimes verdades que hombre alguno escuchara (Sal. 78:2; Jn. 7:46), y por amor hacia los seres que él mismo había creado, para expiar los pecados del mundo, como un cordero fue llevado al matadero y ante sus verdugos no abrió su boca (Isa. 53:7). Su vida de abnegación y entrega absoluta a la voluntad del Padre hasta su muerte en la cruz, sanó nuestra herida (Isa. 53:5), «para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Jn. 3:16). Su inmolación se trocó en triunfo cuando resucitó de los muertos y «sorbida fue la muerte con victoria» (1 Cor. 15:54-55).
Al ascender a los cielos, prometió regresar otra vez para llevar a los suyos a las mansiones que fue a preparar (Jn. 14:1-3), dejando una misión a sus discípulos, integrantes de la iglesia del nuevo pacto: Dar a conocer el Evangelio, la palabra del Padre en Cristo encarnada (Jn. 1:14); convirtiéndose así cada uno de sus discípulos en luz y sal de la tierra (Mat. 5:13-16) y les prometió estar con ellos y con todos los que vendrían después de ellos, hasta el fin del mundo (Mat. 28:18-20). La luz del Evangelio no podía quedar relegada a un grupo restringido de personas; la verdad tenía que expandirse «a toda nación, tribu, lengua y pueblo» (Apoc. 14:6).
La iglesia de Cristo tiene la misión sagrada de mantener la verdad en el mundo y propagarla. Justo lo que nuestro Señor Jesucristo realizó cuando estuvo en esta tierra y que se sintetiza en sus palabras: «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado. Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese» (Jn. 17:3-4). Para alcanzar este objetivo-misión, la iglesia debe: Mantener en alto las Escrituras mediante el ejemplo y la enseñanza oral y escrita bajo la guía del Espíritu Santo. En nuestra misión inferimos tres aspectos que deseamos analizar: a) Preservación, b) Predicación, c) Vivencia.
Preservar la verdad
La «verdad» es la revelación de Dios al hombre. Todo lo demás puede estar impregnado de error, confusión y engaño. Por eso Pablo aconseja a Timoteo que guarde lo que se le había encomendado, «evitando las profanas pláticas sobre cosas vanas, y los argumentos de la falsamente llamada ciencia» (2 Tim. 6:20). ¿Qué es lo que se le había encomendado al joven misionero? «Persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste... y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras , las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Toda Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra» (2 Tim. 3:14-17). (El énfasis es nuestro).
La iglesia del Dios vivo tiene el sagrado deber de ser «...columna y baluarte de la verdad» (1 Tim. 3:15). En primer lugar hablaremos de lo que es un baluarte . Los baluartes son fortificaciones construidas con carácter defensivo. A la iglesia se le ha dado el encargo de defender, proteger y custodiar la verdad. En otras versiones, como la Nacar-Colunga, se habla de «fundamento»; la Palabra debe ser el fundamento de todos los planes, pensamientos y acciones del pueblo de Dios. «La verdad es una salvaguarda en todas las edades para los que se mantienen firmes en la fe que fue dada una vez a los santos» (Mat. AO, 230).
No es lo que me parece a mí, o lo que toda la vida se ha hecho, o lo que dicen las religiones multitudinarias; es lo que está escrito, la voluntad patente de Dios. Un día me decía un conocido con respecto al sábado: «¿Qué más da un día que otro? Lo importante es guardar un día.» Le contesté: «¿Qué pasaría si tú le mandaras a tu hijo a comprar un litro de aceite y te trajera un litro de limonada porque a él le gusta más? ¿Es lo mismo?» «Hombre, me contestó, pues no me gustaría... pero no sería capaz de castigarle». «¿Y si todos los días te trajera, cada vez que le pides una cosa, algo diferente?» «Pues, pensaría que algo está fallando y me sentiría muy mal».
Algo falla cuando los que aseveran pertenecer a la iglesia de Cristo hacen y enseñan lo contrario al mensaje revelado. Justamente es esta la causa que yace bajo toda apostasía y apartamiento de los principios de Dios. La enseñanza de Jesús descansa sobre un «escrito está» (Mat. 4:4). El nunca presentó nada que estuviera fuera del marco de la revelación ya existente o que fuera contrapuesto a ella. Dirigía siempre la atención de sus oyentes a la palabra inspirada: «¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees?» (Luc. 10:26). Cristo hubiera trabajado codo a codo con los líderes judíos si éstos hubiesen aceptado su mesianismo y sus enseñanzas. Pero estaban tan cargados de orgullo y tan hambrientos de honores mundanales, que habían dejado de preservar la verdad y en su lugar habían introducido sus propias doctrinas; así no fue difícil rechazar al Cordero de Dios y llevarle hasta la muerte. Cristo no tuvo más remedio que pasar por alto su organización y escoger a otros, escasos en número, elocuencia, sabiduría y posesiones, pero dispuestos a preservar, vivir y compartir la verdad. (1)
En la historia de la iglesia a través de los siglos encontramos nuevamente este fenómeno. Las falsas doctrinas que se introducían en el seno de la iglesia, o el simple rechazo de alguno de los oráculos sagrados, terminaba socavando su adhesión a los principios eternos; y el Señor tenía que buscar a otros que estuvieran dispuestos a seguir enarbolando el estandarte de la verdad (Rom. 11:17-20).
El gran movimiento de Reforma del siglo XVI, surge como consecuencia del alejamiento de la verdad revelada, en un tiempo de oscuridad espiritual. El lema de aquellos valientes defensores de la verdad fue: La Biblia, únicamente la Biblia, como regla de la fe y del deber . Todas las veces que Lutero, u otros reformadores, fueron llamados a dar testimonio de su fe, se mantuvieron firmes en este principio. (2) «En la actualidad los hombres se han alejado mucho de sus doctrinas y preceptos, y se hace muy necesario volver al gran principio protestante: La Biblia, únicamente la Biblia, como regla de la fe y del deber... La misma adhesión incondicional a la Palabra de Dios que se manifestó en los días tan críticos de la Reforma del siglo XVI, es la única esperanza de una reforma en nuestros días» (CS, 217).
No hubiese sido necesario que el Señor levantara la iglesia adventista (período laodicense) si el gran movimiento protestante del período de Filadelfia hubiese aceptado el cúmulo de verdades bíblicas que se predicaron en los albores del siglo XIX; verdades que Lutero no predicó, sencillamente porque no las conoció. El fue usado para introducir una reforma adecuada para su tiempo; pero la verdad tiene matices que debían brillar en épocas ulteriores.
«Pero Dios tendrá en la tierra un pueblo que sostendrá la Biblia y la Biblia sola, como piedra de toque de todas las doctrinas y base de todas las reformas. Ni las opiniones de los sabios, ni las deducciones de la ciencia, ni los credos o decisiones de concilios tan numerosos y discordantes como lo son las iglesias que representan, ni la voz de las mayorías, nada de esto, ni en conjunto ni en parte, debe ser considerado como evidencia en favor o en contra de cualquier punto de fe religiosa. Antes de aceptar cualquier doctrina o precepto debemos cerciorarnos de si los autoriza un categórico «Así dice Jehová» (CS, 653).
Predicar la verdad
La palabra «columna» que aparece en el texto de 1 Tim. 3:15, hace alusión no sólo a las columnas que se empleaban para apoyar una estructura, sino también a aquellas columnas que se erigían en lugares muy concurridos y que se utilizaban para poner anuncios sobre ellas. La iglesia no sólo preserva y defiende la verdad, también la anuncia . Dios ha escogido a su pueblo para proclamar y exhibir su mensaje de salvación a todas las naciones que concurren por las plazas y caminos de este mundo (Mat. 22:9).
El triple mensaje angélico debe darse a conocer en este tiempo. Leamos detenidamente los siguientes textos del espíritu de profecía: «La palabra de verdad ‘Escrito está' es el Evangelio que hemos de predicar» (JT2, 374). «La iglesia de Cristo en la tierra fue organizada con propósitos misioneros, y el Señor desea ver a toda la iglesia ideando formas y medios por los cuales los encumbrados y los humildes, los ricos y los pobres, puedan escuchar el mensaje de verdad. No todos son llamados a efectuar un trabajo personal en los campos extranjeros, pero todos pueden hacer algo por medio de sus oraciones y ofrendas para ayudar en la obra misionera» (SC, 92).
«Los libros que contienen la preciosa luz de la verdad presente y que yacen en los estantes de nuestras casas editores deben hacerse circular. Se necesitan colportores que vayan a las grandes ciudades con estos libros. Al ir de casa en casa, encontrarán almas que están hambrientas de vida, a las cuales pueden hablar palabras oportunas. Se necesitan colportores que sientan una preocupación por las almas. Podéis decir: ‘Yo no soy pastor. No puedo predicar a la gente'. No, podéis no ser aptos para predicar, pero podéis ministrar, podéis preguntar a las personas con quienes os encontráis si aman al Señor Jesús. Podéis ser evangelistas. Podéis ser la mano ayudadora de Dios, trabajando como lo hicieron los discípulos cuando Cristo los envió. Jóvenes, señoritas, el Maestro os llama a realizar su obra» (CE, 37-38).
«Todo seguidor de Jesús tiene una obra que hacer como misionero en favor de Cristo, en la familia, en el vecindario, en el pueblo o la ciudad donde viva. Todos los que están consagrados a Dios son canales de luz. Dios hace de ellos instrumentos de justicia para comunicar a los demás la luz de la verdad» (SC, 24).
«Tampoco recae únicamente sobre el pastor ordenado la responsabilidad de salir a realizar la comisión evangélica. Todo el que ha recibido a Cristo está llamado a trabajar por la salvación de sus prójimos» (SC, 17).
«Se ha de realizar una gran obra en la presentación de las verdades salvadoras del Evangelio a los hombres. Tal es el medio ordenado por Dios para detener la marea de corrupción moral. Es su medio de restaurar su imagen moral en el hombre. Es su remedio para la desorganización universal. Es el poder que une a los hombres. Presentar estas verdades es obra del mensaje del tercer ángel. El Señor quiere que la proclamación de este mensaje sea la obra más sublime y grandiosa que se lleve a cabo en el mundo en este tiempo» (JT2, 365).
«Cada persona, al llegar a ser miembro de la iglesia, se compromete a ser representante de Cristo viviendo la verdad que profesa» (COES, 147-148).
Podríamos llenar páginas y páginas de textos como estos, en los que se nos insta a anunciar al mundo las verdades de aquel que nos llamo de las tinieblas a su luz admirable. De todos ellos podemos extraer un resumen, siguiendo el orden de exposición de los textos, que nos ayude a concentrar las ideas más importantes:
1. Debemos predicar la verdad, un «escrito está».
2. La iglesia ha sido organizada por Cristo con propósitos misioneros.
2.a. Debe idear formas y medios para alcanzar a todas las clases.
2.b. Todos pueden ayudar con oraciones y ofrendas.
3. Existen diversos métodos establecidos por el cielo para realizar la obra misionera.
3.a. El colportaje: Ocasional y de dedicación completa.
3.b. El evangelismo personal: En la familia, vecindario, pueblo o ciudad donde se vive.
4. Toda la iglesia debe cumplir la comisión de Cristo: Id y predicad.
5. La predicación de la verdad beneficia al mundo.
5.a. Detiene de la marea de la corrupción moral.
5.b. Restaura la imagen moral en el hombre.
5.c. Remedia la desorganización universal.
5.d. Une a los hombres.
6. La verdad debe ser creída y vivida.
Vivir la verdad
Cuando se le preguntó al famoso líder carismático Gandhi por qué no era cristiano, contestó: «por culpa de los cristianos.» Sin ánimo de justificar su respuesta y sí de entender su sentido, podemos decir que de nada nos vale la verdad si no la vivimos. Lamentablemente los cristianos que él había conocido no le dieron un buen testimonio. Un famoso refrán dice: «De nada sirve un camino que lleve a un hermoso lugar si no lo andamos.» El Señor Jesucristo dijo: «¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?» (Luc. 6:46). «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos» (Mat. 7:21).
¿Es fácil vivir la verdad? No; para qué vamos a engañar a nadie, es imposible vivir la verdad si deseamos emprender esta maravillosa empresa solos. No hay en ningún ser humano de este mundo, por inteligente, rico y capacitado que sea, en el que se halle inherente a su ser, un ápice de fuerza espiritual, que le capacite para estar a la altura de los preceptos divinos. «Separados de mí nada podéis hacer» (Jn. 15:5. El énfasis es nuestro). «El que está procurando llegar a ser santo mediante sus propios esfuerzos por guardar la ley, está procurando una imposibilidad. Todo lo que el hombre puede hacer sin Cristo está contaminado de amor propio y pecado» (CC, 60).
Cuando nos miramos a nosotros mismos, sólo podemos decir como Pablo: «¡Miserable de mí! ¡quién me librará de este cuerpo de muerte!» (Rom. 7:24). «Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana, sino herida, hinchazón y podrida llaga; no están curadas, ni vendadas, ni suavizadas con aceite» (Isa. 1:6). «No hay nadie, no importa cuán fervorosamente esté tratando de hacer lo mejor, que pueda decir «no tengo pecado». El que dijese esto estaría en un engaño peligroso. «Si decimos que no tenernos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros» (1 Juan 1: 8)» (Mat. AO, 52).
¡Esta es nuestra fotografía! Pero no debemos desesperar; el cielo ha provisto todo lo necesario para que tú y yo podamos recibir en Cristo el perdón de nuestros pecados (Efes. 1:1-7; 1 Jn. 2:1,2; Heb. 4:14-16) y el poder de su Espíritu para vivir la verdad (Fil. 4:13; Jud. 24). «Solamente la gracia de Cristo, por medio de la fe, puede hacernos santos» (CC, 60). «¿Cómo podemos escapar, entonces, de la acusación: «pesado has sido en balanza, y fuiste hallado falto»? Debemos mirar a Cristo. A un costo infinito hizo un pacto para ser nuestro representante en las cortes celestiales, nuestro Abogado delante de Dios» (Mat. AO, 52). «Si me amáis, guardad mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre» (Jn. 14:15-16).
«Cuando está en el corazón el deseo de obedecer a Dios, cuando se hacen esfuerzos con ese fin, Jesús acepta esa disposición y ese esfuerzo como el mejor servicio del hombre, y suple la deficiencia con sus propios méritos divinos.» (MS1, 448). «Cuando confiamos plenamente en Dios, cuando dependemos de los méritos de Jesús como Salvador que perdona los pecados, recibimos toda la ayuda que podamos desear. Nadie mire a sí mismo, como si tuviera poder para salvarse. Precisamente porque no podíamos salvarnos, Jesús murió por nosotros. En él se cifra nuestra esperanza, nuestra justificación y nuestra justicia. Cuando vemos nuestra naturaleza pecaminosa, no debemos abatirnos ni temer que no tenemos Salvador, ni dudar de su misericordia hacia nosotros. En ese mismo momento, nos invita a ir a él con nuestra debilidad, y ser salvos» (PP 458-459).
Miremos a Aquel que es todopoderoso, lleno de amor hacia sus hijos, y que está dispuesto a concedernos todas las cosas. No perdamos tiempo lamentándonos, ni nos espaciemos en aquello que no podemos hacer, ni busquemos como detectives las faltas de nuestro prójimo. Miremos a Jesús y vivamos; «porque contemplando es como somos transformados» (DTG, 410).
(1) «El Sanedrín había rechazado el mensaje de Cristo y procuraba su muerte; por tanto, Jesús se apartó de Jerusalén, de los sacerdotes, del templo, de los dirigentes religiosos, de la gente que había sido instruida en la ley, y se dirigió a otra clase para proclamar su mensaje, y congregar a aquellos que debían anunciar el Evangelio a todas las naciones.
«Así como la luz y la vida de los hombres fue rechazada por las autoridades eclesiásticas en los días de Cristo, ha sido rechazada en toda generación sucesiva. Vez tras vez, se ha repetido la historia del retiro de Cristo de Judea. Cuando los reformadores predicaban la palabra de Dios, no pensaban separarse de la iglesia establecida; pero los dirigentes religiosos no quisieron tolerar la luz, y los que la llevaban se vieron obligados a buscar otra clase, que anhelaba conocer la verdad. En nuestros días, pocos de los que profesan seguir a los reformadores están movidos por su espíritu. Pocos escuchan la voz de Dios y están listos para aceptar la verdad en cualquier forma que se les presente. Con frecuencia, los que siguen los pasos de los reformadores están obligados a apartarse de las iglesias que aman, para proclamar la clara enseñanza de la palabra de Dios. Y muchas veces, los que buscan la luz se ven obligados por la misma enseñanza a abandonar la iglesia de sus padres para poder obedecer» (DTG 198-199).
(2) En una ocasión que visité la ciudad de Worms (Alemania) con otros hermanos, pudimos ver la siguiente inscripción en la fachada de la Iglesia de la Trinidad (Dreifaltigkeitskirche): «Ya que su serenísima majestad y sus altezas exigen de mí una respuesta sencilla, voy a darla sin sutilezas y sin segunda intención, y es ésta: Si no me vence con testimonios de la Escritura, o con evidentes argumentos racionales, entonces quedo vencido de los mismos textos de la Escritura que yo he citado, y mi conciencia queda capturada en la Palabra de Dios. Pues no creo ni en el Papa ni en los concilios solamente, porque es manifiesto que ellos han caído muchas veces en el error así como en muchas contradicciones consigo mismos. Yo no puedo ni quiero retractar nada, porque no es ni seguro ni aconsejable hacer nada contra la conciencia. Heme aquí; no me es dable hacerlo de otro modo. ¡Que Dios me ayude! ¡Amén!»
Esta inscripción está en alemán, y es la respuesta que dio Martín Lutero el 18 de Abril de 1521 ante el emperador y el imperio. Aparece también en el Conflicto de los Siglos, págs. 170, 171. La traducción fue una gentileza de la hna. Karola Kraenzmer.
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