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MINISTERIO ELECTRÓNICO
“Al anunciar el evangelio, no tengo de qué gloriarme, porque me es impuesta necesidad. ¡Ay de mí, si no anunciara el evangelio!” (1 Cor. 9:16).
“Relataron cuán grandes cosas había Dios hecho con ellos” (Hech. 14: 27).
“Preparad el camino del Señor. Enderezad sus sendas” (Mat. 3:3).
EL CUERPO DE CRISTO: LA IGLESIA REFLEXIONES EN TORNO AL TERMINO (III PARTE) Recordemos el resumen del último artículo que compartimos con nuestros queridos lectores: La iglesia ha recibido de parte de Cristo una misión especial: Preservar los oráculos sagrados a ella revelados y darlos a conocer a aquellos que viven en las tinieblas del error, siendo la vida de conversión de cada creyente el mejor testimonio que podemos dar al mundo. En suma: Preservar, predicar y vivir la verdad. El distintivo de la iglesia Un distintivo es una insignia, señal o marca. Desde la más remota antigüedad los seres humanos han utilizado distintivos para diferenciar, caracterizar o distinguir su grupo, ejército, etnia, país, reinado, etc. Las insignias reales, fueron adoptadas por las monarquías cristianas durante la edad media. Su función simbólica era ensalzar la dignidad regia y el poder político de los reyes. Esta costumbre fue un legado de la Roma imperial. Sus ejércitos las usaban en sus banderas y estandartes. En los reinos hispánicos medievales, dichas insignias eran la corona, la espada, el cetro, el manto de púrpura y el trono. Cuando se proclamaba al rey se le hacía entrega de las insignias. Su simbolismo debía servir de permanente recordatorio al soberano: El camino que debía seguir en su regencia, el puesto que ocupaba, la responsabilidad que tenía. En una ocasión que pude visitar las catacumbas de San Calixto, en Roma, con mi familia y un grupo de hermanos, mientras caminábamos por aquellas estrechas, húmedas y penumbrosas galerías de varias decenas de kilómetros, llegamos a un lugar donde nos detuvimos para escuchar la explicación de nuestro guía. “Lo que ustedes ven aquí son diferentes distintivos que usaron los cristianos de los primeros siglos.” En una losa de piedra, tal vez mármol, había varios grabados: Un pez, una paloma y una cruz. “Este último –dijo el cicerone- no se empezó a usar hasta el siglo tercero”. Mientras continuaba la visita en aquel lugar solemne, vinieron a mi mente aquellos gloriosos días en los que la iglesia de Cristo fue odiada y perseguida por el Imperio Romano. Dentro de este vasto territorio existían muchas religiones, la mayoría de ellas permitidas. El cristianismo, sin embargo, fue prohibido y sus seguidores proscritos y perseguidos. ¿Por qué? Se negaron a jurar lealtad al emperador, ya que esto implicaba renegar de sus convicciones y vivir en constante violación de la ley de Dios. Con sólo depositar unas pocas cenizas a los pies de una imagen o inclinar su cabeza ante ella, hubieran podido librar sus vidas. Pero preferían escoger el camino de la privación, el desprecio, el sufrimiento y la muerte, antes de quebrantar su conciencia. Se les tuvo como causantes de las calamidades naturales que ocurrían; eran vistos como seres raros, excéntricos, peligrosos y enemigos de la sociedad. Se les despojó de todo lo que tenían y fueron llevados junto con sus hijos, a los anfiteatros romanos donde eran despedazados y devorados por las fieras salvajes, frente a miles de espectadores que aplaudían enfervorizados. Los que podían escapar se refugiaron en las catacumbas, que eran antiguas canteras de arena, de donde se extraía esta materia prima para la construcción. Estos lugares fueron ampliados por ellos; allí construyeron nuevos pasadizos, tumbas, capillas y habitaciones. En las entrañas de la tierra vivían, adoraban y alababan al Dios verdadero; recordaban las palabras del Señor Jesucristo y se regocijaban en el Evangelio; enseñaban a sus hijos el camino de la verdad y miraban con esperanza el futuro glorioso que les esperaba. Allí morían y eran sepultados. “No se queden rezagados, por favor, -dijo nuestro guía- podrían perderse. Estos túneles son como laberintos interminables .” A medida que nos daba sus explicaciones, los visitantes lanzábamos miradas llenas de asombro a las paredes de los túneles, todas ellas repletas de nichos. Son cientos de miles los cadáveres que sepultaron estos lugares . Por un momento pensé: ¿Estaría dispuesto a llegar hasta aquí por Cristo? Pero en realidad ¿cuál es el verdadero distintivo de la iglesia? ¿El pez? ¿La cruz? Veámoslo en Apocalipsis 14:12: “Aquí está la paciencia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús”. El amor a Dios y a su Hijo a quien él envió, que se manifiesta en la obediencia a todos los mandamientos (Juan 14:15), ¡ese es su distintivo! Aquellos cristianos habían comprendido perfectamente, a través de la obra del Espíritu Santo (Juan 14:26), que su fe en Jesús , como Hijo de Dios que quita los pecados del mundo, les impelía a consagrar sus vidas a su servicio; a anteponer la fidelidad a las comodidades, placeres y honores de este mundo. Los hijos de Dios, en todas las edades, han llevado este distintivo como símbolo de su pertenencia Dios. Ese era el distintivo de Abraham, cuya profunda fe le llevo a la obediencia y del cual dijo Dios mismo: “oyó Abraham mi voz, y guardó mi precepto, mis mandamientos, mis estatutos y mis leyes” (Gén. 26:5). Fue el distintivo de José, por eso le contestó a la mujer de Potifar cuando ésta le pidió que se acostara con ella: “¿Cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios?” (Gén. 39:9). Los jóvenes Ananías, Misael y Azarías, amigos de Daniel, mostraron claramente su distintivo al rey Nabucodonosor cuando, instados a postrarse delante de la imagen que éste había mandado erigir en su honor, le contestaron: “...no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado.” (Dan. 3:18). Los apóstoles levantaron bien alto su insignia, en medio del paganismo de Roma y el fanatismo del pueblo judío; impulsados por el Espíritu de Cristo pudieron decir: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres.” (Hechos 5:29). “Otros experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles. Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados; de los cuales el mundo no era digno...” (Hebreos 11:36-38) (Ver Heb. 10: 32-34). Aquel que es nuestro ejemplo en todas las cosas, el Señor Jesucristo, dejó bien claro cuál tenía que ser el distintivo del pueblo de Dios (1 Juan 1:3-6). El mismo fue siervo obediente hasta la muerte en la cruz y antes de concluir su ministerio declaró: “Yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor” (Juan 15:10). El séptimo día El amor a Cristo y a sus hijos debe impregnar la vida de aquellos que aseveran servirle. Y digo el amor, porque éste es la síntesis de la ley (Romanos 13:10). Santiago nos enseña que la iglesia de Cristo debe tener este distintivo; no una parcial obediencia a varios o a casi todos, sino a todos los mandamientos (Santiago 2:10). Fe en Jesús, como nuestro Salvador, y obras, como distintivo de nuestra entrega y sumisión a él (Santiago 2:17-26). Así las obras buenas son el fruto de nuestra conexión con Cristo y el resultado de su influencia en nuestra vida (Gálatas 5:22-26). “Los cristianos han salido de las tinieblas a la luz. Se han revestido de Cristo, y llevan el distintivo de la verdad y la obediencia.” (OE 407). Pero hay algo más. La mayoría de las religiones cristianas actuales aseveran que los mandamientos siguen vigentes, pero en caso de conflagración bélica, mandan a sus jóvenes al frente de batalla y a sus pastores con ellos para darles asistencia espiritual. Pastores y sacerdotes oran por la victoria de sus ejércitos. ¿Les escucha Dios? (1) El mundo no puede ver en estas obras el distintivo del cristianismo auténtico (Mateo 5:16). Recordemos que los primeros cristianos se negaban al sólo hecho de inclinar la cabeza ante una imagen ¡cuánto más deben negarse los cristianos a portar un arma para quitar la vida a otros semejantes! ¿Y el sábado? “ Forma parte de la antigua dispensación “–argumentan. En su lugar han erigido un día falso de reposo, el domingo “ el cual –dicen- debe observar toda la cristiandad”. (2) Esta no es la insignia del pueblo de Dios y es en este asunto en el que se va a centrar la tesis de los dominicales para proscribir y perseguir a la iglesia de Cristo en un futuro cercano, promulgando un decreto de muerte (Apocalipsis 13). (3) El pueblo cristiano adventista ha sido llamado por Dios a reparar la brecha que se le ha hecho al muro de los diez mandamientos (Isa. 58:12). Con su ayuda debemos levantar este distintivo que Dios bendijo y santificó en la creación (Génesis 2:3), “porque es señal entre mí y vosotros por vuestras generaciones, para que sepáis que yo soy Jehová que os santifico” (Ex. 31:13). Al igual que la iglesia primitiva cristiana, el pueblo adventista también ha tenido que enfrentar severas pruebas que han acrisolado su fe. La Guerra de Secesión Norteamericana, la Primera Guerra Mundial, así como la Segunda y otras muchas, han sido el momento propicio para hondear la insignia de la iglesia. Aunque hubo muchos que apoyados por sus líderes decidieron ir a los campos de batalla, una minoría permaneció fiel a Dios, al decidir no pelear en la guerra. Muchos de estos héroes espirituales perdieron sus vidas en campos de concentración, otros fueron encarcelados y privados de sus familias y sus posesiones, por negarse a servir a los ideales nazis que estaban en pugna con la ley de Dios. Transcribimos varios pasajes de cartas que el hermano Anton Brugger, nacido el 9 de Abril de 1911 en Kaprun (Salzburgo) escribió en 1942 a su madre mientras estaba encarcelado esperando la sentencia de muerte: “Me pidieron varias veces que cambiara mi posición (de no querer tomar armas) y me dieron oportunidad hasta lo último a cambiar mi manera de obrar... Como en el bautismo prometí al Señor Jesús fidelidad y guardar sus mandamientos bajo cualquier circunstancia, no queda para mí otro camino más que aceptar con paciencia también lo más amargo... Cuando haya llegado el momento, (se refiere a la ejecución) después seguramente os darán la noticia. Envío mis cariñosos saludos a todos los queridos, especialmente a la querida Esther (su novia) y a los queridos de Salzburgo... El Señor te bendiga y te ayude. Te saluda y besa tu hijo, Anton” (4) La sentencia fue ejecutada el tres de febrero de 1943. A parte de Anton Brugger, hubo otros mártires que ofrendaron sus vidas al Señor. Conocemos el nombre de algunos de ellos de otros no, aunque nos consuela el hecho de que sus nombres están escritos en el libro de la vida. Sufrieron en el anonimato de sus celdas frías e insalubres; dijeron no al pecado, amaron a Jesús hasta su muerte. Para ellos el vivir era Cristo, y el morir era ganancia (Filipenses 1:21). Esto no puede olvidarlo el Movimiento de Reforma Adventista, porque aquellos hombres y mujeres, con el cincel y el martillo de su obediencia, fueron esculpiendo la identidad de nuestra iglesia. Su legado no se reduce a un puñado de cartas o palabras emotivas; es un ejemplo vivo de lo que deben llegar a ser cada uno de los que militamos en las filas de Cristo. Recuerde cada miembro del Movimiento de Reforma, tenemos una identidad como pueblo; pequeño y escaso de recursos, sí es cierto; pero pueblo de Dios, en cuyo nombre confiamos (Sofonías 3:12). Mostremos nuestro distintivo a las demás iglesias y al mundo; no con el orgullo de aquel que se siente mejor que los demás, sino con la humildad de aquel que sabe que no es nada sin el favor del Eterno y que está tan necesitado de su gracia como cualquier mortal que puebla esta tierra. “Aceptemos la insignia del cristianismo. No es un distintivo externo, no es usar una cruz o una corona, sino algo que revela la unión del hombre con Dios” (Matutina Alza tus Ojos, pág. 231). “Significa una enorme diferencia la forma en que servimos a Dios. El muchacho que estudia a regañadientes sus lecciones porque tiene que aprenderlas, nunca será un verdadero estudiante. El hombre que pretende guardar los mandamientos de Dios porque piensa que debe hacerlo nunca entrará en el gozo de la obediencia” (Matutina A Fin de Conocerle, pág. 120). El futuro glorioso de la iglesia Al mirar hacia atrás podemos ver el camino lleno de piedras, abrojos y sangre, mucha sangre. Coronas de espinas, cetros de dolor, mantos de ignominia, gritos y silencio, lágrimas y angustias, pero también mucha paz interior y muchas victorias ganadas al yo. Corazones transformados y vidas henchidas de amor, amor que dieron a manos llenas. Hombres y mujeres que bajaron a la tumba contemplando por la fe su futuro con esperanza, y “aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2:1314). El tiempo de esta vida es corto, infinitamente corto ¿Qué son setenta años, u ochenta, con respecto a toda una eternidad? Alguien, queriendo definir la eternidad, hizo la siguiente alegoría: “Imaginaos a un colibrí rozando con sus alas una gran montaña de diamante. Cuando ésta viniera a desgastarse, habría pasado un segundo de la eternidad” En esa eternidad podremos disfrutar los hijos de Dios, libres de las cadenas del pecado, libres del dolor físico y psíquico, libres de las tentaciones, libres de la enfermedad y la muerte. Un mundo nuevo (Apoc. 21:3,4; Isa.11:6-9; 1 Cor. 2:9). A la iglesia de Cristo le aguarda un futuro glorioso si mantiene en alto su distintivo y si confía plenamente en Jesús. Así es que no perdamos nuestra confianza, “que tiene grande galardón” (Heb. 10:35). “...nosotros hemos de correr la carrera que brinda la corona de inmortalidad y la vida eterna. Sí, un inconmensurable y eterno peso de gloria nos será otorgado como premio cuando hayamos terminado la carrera” (CsS, 47). “Delante de nosotros ha sido colocada la esperanza, la esperanza de la vida eterna. Nada menos que eso satisfará a nuestro Redentor; pero depende de nosotros el aferrarnos de esa esperanza por fe en Aquel que ha Prometido. Quizá tengamos que sufrir; pero los que son participantes con él en sus sufrimientos, participarán con él en su gloria. El ha comprado el perdón y la inmortalidad para las almas pecadoras de los hombres que perecen; pero depende de nosotros el recibir esos dones por fe. Creyendo en él, tenemos esta esperanza como un ancla del alma, segura y firme. Hemos de comprender que podemos esperar confiadamente el favor de Dios no sólo en este mundo, sino en el mundo celestial, puesto que Cristo ha pagado tal precio por nuestra salvación. La fe en la expiación e intercesión de Cristo nos mantendrá firmes e inconmovibles en medio de las tentaciones que oprimen a la iglesia militante. Contemplemos la gloriosa esperanza que es puesta ante nosotros, y aferrémonos de ella por fe... Ganamos el cielo no por nuestros méritos, sino por los méritos de Cristo... No se centralice vuestra esperanza en vosotros mismos, sino en Aquel que ha entrado dentro del velo. ..” (Matutina A Fin de Conocerle, pág. 81). “La vida eterna es la recompensa que será dada a todos los que obedecen los dos grandes Principios de la ley de Dios: el amor a Dios y al hombre... La obediencia a estos mandamientos es la única evidencia en el hombre de que posee un conocimiento genuino y salvador de Dios” (Ibíd. pág. 11). Cuando finalizó la visita a las catacumbas, subimos por las mismas escaleras que antes habíamos bajado y una bocanada de aire fresco nos anunció que nos acercábamos a la superficie. De nuevo el sol brillaba, los pájaros y las mariposas revoloteaban entre los árboles y las flores de aquel hermoso lugar. Nos sentamos todo nuestro grupo en un banco y después de orar y de agradecer a Dios por el privilegio que nos había otorgado de contemplar aquel recinto donde habían vivido nuestros hermanos, leímos en el Conflicto de los Siglos las siguientes palabras: “Cuando el Dispensador de la vida despierte a los que pelearon la buena batalla, muchos mártires de la fe de Cristo se levantarán de entre aquellas cavernas tenebrosas” (Pág. 44). (1) El catecismo Católico, en su comentario del mandamiento “no matarás”, punto 2261, pág. 497, en español, en su tercera edición de 1993, dice lo siguiente: “En el Sermón de la Montaña, el Señor recuerda el precepto: “No matarás” (Mat. 5:21), y añade el rechazo absoluto de la ira, del odio y de la venganza. Más aún, Cristo exige a sus discípulos presentar la otra mejilla (Mat. 5:22-39), amar a los enemigos (Mat. 5:44). El mismo no se defendió y dijo a Pedro que guardase la espada en la vaina (Mat. 26:52)” En el punto 2240, pág. 493, dice: “La sumisión a la autoridad y la corresponsabilidad en el bien común exigen moralmente el pago de los impuestos, el ejercicio del derecho a voto , la defensa del país .” (El énfasis es nuestro) ¿Cómo podemos armonizar la primera declaración con la segunda? Una de las dos es incorrecta; evidentemente la segunda a la luz de la Ley de Dios. (2) “Dios tiene un pueblo, un pueblo escogido, cuyo discernimiento debe ser santificado, y que no debe convertirse en profano poniendo en el fundamento madera, heno y hojarasca. Cada alma leal a los mandamientos de Dios verá que el rasgo distintivo de nuestra fe es el día de reposo, el séptimo día.” (Comentario Bíblico Adventista, Tomo IV, Pág. 1190. Comentario de Elena G. de White). El fundamento que presentan aquellos que apoyan la observancia del domingo no es bíblico. El sábado está en la ley que Dios promulgó en el Sinaí (Exodo 20:8-11); el domingo forma parte de los seis días restantes de la semana, dados al hombre para trabajar y ocuparse de todas sus labores. No hay en él nada especial, cosa que no ocurre con el sábado, al que Dios le confirió santidad, por eso lo apartó, lo bendijo y reposó en él para darnos ejemplo (Génesis 2:2,3). Veamos lo que enseña el catecismo Católico: “Jesús resucitó de entre los muertos “el primer día de la semana”...En cuanto es el “primer día”, el día de la Resurrección de Cristo recuerda la primera creación. En cuanto es el “octavo día”, que sigue al sábado... significa la nueva creación inaugurada con la resurrección de Cristo. Para los cristianos vino a ser el primero de todos los días, la primera de todas las fiestas, el día del Señor (“Hèkyriakè hèmera”, “dies dominica”), el “domingo”. Nos reunimos todos el día del sol porque es el primer día (después del sábado judío, pero también el primer día), en que Dios, sacando la materia de las tinieblas, creó al mundo; ese mismo día, Jesucristo nuestro Salvador resucitó de entre los muertos (S. Justino, Apol. 1, 67” (Ibid. Punto 2174, pág. 480). (3) ”Me fue presentado un grupo de personas bajo el nombre de adventistas del séptimo día, que aconsejaban que el estandarte o la señal que nos hace un pueblo singular no se hiciera ondear en forma tan destacada; como razón de esto sostenían que no era la mejor política para asegurar el éxito de nuestras instituciones. Pero este estandarte distintivo ha de llevarse por todo el mundo hasta el fin del tiempo de gracia. Juan dice, al describir el pueblo remanente de Dios: «Aquí está la paciencia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la te de Jesús»(Apoc. 14: 12). Esto comprende la ley y el Evangelio. El mundo y las iglesias se están uniendo para transgredir la ley de Dios, para derribar el monumento conmemorativo de Dios y para exaltar un día de reposo que lleva la rúbrica del hombre de pecado. Pero el sábado de Jehová tu Dios ha de ser una señal para mostrar la diferencia que existe entre los obedientes y los desobedientes. Vi que algunos extendían sus manos para quitar el estandarte y oscurecer su significado. Cuando la gente acepte y enaltezca un día de reposo espurio, y cuando aleje las almas de la obediencia y la lealtad a Dios, alcanzará el punto al que llegó el pueblo en los días de Cristo... ¿Elegirá entonces alguno ocultar su estandarte o disminuir su devoción? El pueblo a quien Dios ha honrado, ha bendecido y ha prosperado, ¿rehusará dar testimonio en favor del monumento de Dios en un tiempo cuando ese testimonio debería darse? ¿No se estimarán más los mandamientos de Dios ahora cuando los hombres desprecian la ley de Dios?” (JT2 443-444) . (4) Seguir su Fe. Editorial de la Misión La Verdad Presente. Colombia. Pág. 59.
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