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MINISTERIO ELECTRÓNICO “Al anunciar el evangelio, no tengo de qué gloriarme, porque me es impuesta necesidad. ¡Ay de mí, si no anunciara el evangelio!” (1 Cor. 9:16). “Relataron cuán grandes cosas había Dios hecho con ellos” (Hech. 14: 27). “Preparad el camino del Señor. Enderezad sus sendas” (Mat. 3:3). LA VERDADERA NAVIDAD Desde que Adán y Eva cometieran el primer pecado que llevó a la humanidad al caos en todo sentido, siempre brilló la estrella de la esperanza. La promesa de un Salvador, de Aquel que vendría a romper las ligaduras del pecado y a terminar con sus consecuencias, el Cordero que borraría los pecados del mundo, esperanzó a los antediluvianos y posteriormente a los descendientes de Sem. Este evento fue revelado a los patriarcas, anunciado innumerables veces por los profetas y esperado anhelosamente por todos los creyentes sinceros. Adán y Eva recibieron esta promesa de restauración: «Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya ; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar» (Gén. 3:15). También fue revelado a Abraham el plan de salvación: «En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra, por cuanto obedeciste mi voz» (Gén. 22:18). La promesa fue renovada a Isaac, su hijo: «Multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo, y daré a tu descendencia todas estas tierras; y todas las naciones de la tierra serán benditas en tu simiente ...» (Gén. 26:4). Y asimismo a Jacob, el nieto de Abraham: «Será tu descendencia como el polvo de la tierra, y te extenderás al occidente, al oriente, al norte y al sur; y todas las familias de la tierra serán benditas en ti y en tu simiente » (Gén. 28:14). Según estos textos, la simiente , pues, iba a ser la esperanza, la estrella de la humanidad doliente y pecadora. El único medio de salvación y de restauración. La simiente de la mujer es la iglesia en un sentido amplio, aunque de forma concreta se refiere a Cristo. Él aplastaría la cabeza de Satanás, originador del pecado y de todas las miserias humanas. Lo vencería de forma completa y devolvería al ser humano los dones perdidos en el Edén. «Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y su simiente . No dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo » (Gál. 3:16). Isaías, el profeta evangélico, 742 años antes de que naciera Jesús, dijo que el Mesías prometido era “Dios con nosotros”: «Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel» (Isa. 7:14). (Emanuel significa Dios con nosotros). Los verdaderos adoradores No es de extrañar que, durante milenios, aquellos que habían creído esta promesa, vivieran en función de ella. Sus vidas estaban enfocadas hacia este acontecimiento. Vivían, respiraban, trabajaban... para y por esta esperanza. Los más afortunados, deberían haber sido, pues, aquellos que pudieron contemplar con sus ojos este maravilloso acontecimiento. Veamos qué ocurrió cuando llegó la hora profética en la que debía aparecer el Salvador del mundo: «Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido?» (Mat. 2:1-2). Este acontecimiento despertó admiración, respeto, sumisión y adoración, por una parte: «Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle» (Mat. 2:2). «Los magos del Oriente eran filósofos. Pertenecían a la clase numerosa e influyente, que incluía hombres de noble alcurnia y poseía gran parte de las riquezas y del saber de su nación... eran hombres rectos que estudiaban las manifestaciones de la Providencia en la naturaleza, y eran honrados por su integridad y sabiduría. De este carácter eran los magos que vinieron a Jesús» (DTG, 41). Siguiendo la estrella encontraron al niño, le ofrecieron sus presentes -oro, incienso y mirra- y le adoraron (Mat. 2:9-11). Lucas nos dice que los pastores que estaban en la región cuidando sus rebaños, recibieron esta revelación por parte de una multitud de ángeles y al saberlo también fueron al encuentro del niño Jesús para adorarle y alabar a Dios (Luc. 2:8-20). Los adoradores espurios Pero, por otro lado, estaban los adoradores espurios; es decir aquellos que ni esperaban ni deseaban que Cristo viniera al mundo, porque este acontecimiento ponía en peligro sus intereses egoístas. En las esferas de la máxima representación del pueblo judío, este maravilloso acontecimiento despertó temor, sospechas, miedo y odio: «Oyendo esto, el rey Herodes se turbó...» (Mat. 2:3). Los magos de Oriente ofrecieron al niño: oro, incienso y mirra, presentes valiosos y símbolos de la divinidad de Cristo (oro), su gracia salvadora (incienso) y sus padecimientos amargos (mirra). Herodes, por su parte, ofrece su “presente” a Jesús: un edicto de muerte de todos los niños menores de dos años, para matar con seguridad a Jesús (Mat. 2:16). Los sacerdotes y doctores de la ley no estuvieron presentes en el mayor acontecimiento de la historia; más bien recibieron la noticia con la misma disposición del rey Herodes: «Oyendo ésto, el rey Herodes se turbó y toda Jerusalén con él» (Mat. 2:3). El acontecimiento más esperado de todos los siglos, prácticamente pasó desapercibido para la mayoría. ¿Por qué? Porque no lo esperaban; no tenían esta esperanza en sus corazones. Sus intereses estaban centrados en cosas materiales; las cosas espirituales ocupaban un lugar muy secundario. «Los sacerdotes y maestros de la nación no sabían que estaba por acontecer el mayor suceso de los siglos. Repetían sus rezos sin sentido y ejecutaban los ritos del culto para ser vistos de los hombres, pero en su lucha para obtener riquezas y honra mundanal, no estaban preparados para la revelación del Mesías. Y la misma indiferencia reinaba en toda la tierra de Israel» (DTG, 30). Aquellos que no aceptaron al niño Jesús tampoco aceptaron al adulto Jesús, ni su obra, ni su mensaje. Por fin terminaron llevándolo al Calvario, para que molestase a sus conciencias. Vivieron sin esperanza y murieron sin esperanza. La Navidad moderna Hoy, el mundo cristiano, celebra el nacimiento de Cristo cada año. ¿Es esto la voluntad de Dios? Por doquier se escucha exclamar: ¡Feliz Navidad! Los hogares se adornan bellamente, se colocan árboles llenos de bolas de colores, cintas brillantes y luces que se encienden y se apagan. Muchas personas, en sus puertas, cuelgan guirnaldas de flores, hierbas o ramas. Se monta el belén y la gente canta villancicos y coplas como ésta: « Esta noche es Nochebuena y no es noche de dormir sino de tomar buñuelos y jartarse de reír » . También se mandan tarjetas de felicitación. En una antigua puede leerse cosas como éstas: « Vaya fuera la tristeza. Alegraos corazones, vengan pavos y turrones, vino bueno y la cerveza: Sin turbarnos la cabeza: brindemos hoy a porfía, pues nos anuncia este día de Jesús la Navidad. Que a vos con felicidad os desea el alma mía » En Nochebuena y Navidad se preparan suculentas y atrayentes comidas que reúnen en torno a la mesa a la familia. Lo usual es que en estos días se gaste más dinero que en el resto de los día del año, por dos razones: La primera es que es un día especial, único en el año y no es momento para escatimar en gastos; la segunda es porque los comercios disparan sus precios para hacer su agosto. Naturalmente hay que comprar regalos, ingredientes especiales para las comidas, turrones, alcohol, etc., y en muchos casos no faltará el famoso pavo de Navidad. Durante estos días los supermercados están abarrotados de gente y se registran ventas astronómicas. Las calles se adornan con luces de colores, y pareciera que el mundo, por un momento, fuera más alegre, más hermoso, más humano. La Navidad también llega a los frentes de batalla, consiguiendo en muchas ocasiones que se pacten treguas navideñas entre ambos contrincantes. El comandante en jefe de un batallón inglés explicó a la prensa el alto el fuego realizado en el sector de su jurisdicción, situado en pleno infierno flamenco, durante la navidad de 1914: «La Nochebuena y el día de Navidad los pasamos muy agradablemente. Algunas de nuestras trincheras estaban a unos 100 metros de distancia de las alemanas y a veces sosteníamos conversaciones muy animadas. En nuestra línea de fuego convinimos en que no haríamos ningún disparo durante la noche ni el día de esa gran festividad. Los alemanes cantaron y tocaron algunas de sus canciones populares y algunas de las nuestras, y nosotros correspondimos como era natural. El regimiento que estaba atrincherado a nuestra izquierda salió de sus trincheras, y cada vez que divisábamos un resplandor aplaudíamos y gritábamos. El canto y el baile continuó toda la noche y al día siguiente (Navidad) visitamos las trincheras de los alemanes, visita que luego ellos nos devolvieron. En esta visita nos cambiamos las tarjetas y nos obsequiamos recíprocamente con cigarros y cigarrillos y todos parecíamos muy buenos amigos. Uno de los oficiales alemanes impresionó una fotografía de todos nosotros, llegando la intimidad hasta el extremo de ponernos nosotros los cascos de los alemanes y éstos de ponerse nuestras gorras de plato. « Durante la Nochebuena los alemanes encendieron luces de colores y el día de Navidad tuvo lugar un match de football entre las dos trincheras. Hasta nos permitieron dar sepultura a nuestros muertos, y aún algunos alemanes con la cabeza descubierta, nos ayudaron en tan triste operación. Se portaron magníficamente, como unos cumplidos caballeros. « Después de haber presenciado estos actos, me he formado una opinión muy diferente del enemigo. Después de pasado el día de Navidad, ambas partes dimos principio otra vez a la guerra y ahora volvemos a ser enemigos » (Historia y Vida. Extra nº 27. Págs. 147-148). Padres e hijos, hermanos y amigos, se encontrarán ese día para celebrar la Navidad. Música, panderetas, zambombas, tambores, flautas, guitarras, villancicos, polvorones, turrones, champaña, vino, regalos y alegría. Es Navidad: 25 de Diciembre. Pero ¿está registrada esta fecha en la Palabra de Dios? ¿Quiere Jesús que se celebre su nacimiento en un día concreto del año? Si no está consignado en la Biblia el día que nació Jesucristo, ¿de dónde viene esta costumbre? ¿Qué es más importante, el día del nacimiento de Cristo o lo que su nacimiento supone? La cristiandad del mundo entero celebra el nacimiento de Cristo el día 25 de diciembre. Pero esto no siempre fue así. Los primeros cristianos nunca lo hicieron. La Biblia no da la menor indicación al respecto. Fue a partir del siglo IV cuando se elige este día para celebrar la efeméride más gloriosa de la historia cristiana. En aquella época se creía que el solsticio de invierno tenía lugar el 25 de diciembre. En este día, en la Roma de los Césares, se celebraba la fiesta del Sol invicto, Mitra. Jubilosamente se festejaba el “nacimiento del sol”, porque a partir de este día, después de haber permanecido bajo en el horizonte durante la estación anterior, comenzaba a elevarse en el cielo y a alargar los días. El emperador Aureliano, en el 274, levantó un impresionante templo a Mitra (dios de la luz, el calor y la fecundidad). La iglesia católica quiso cristianizar esta fiesta pagana porque la costumbre estaba muy arraigada entre los paganos. Al no poder extirpar ese hábito tomó la decisión de hacerlo propio, dándole un significado cristiano: Cuando el sol empieza a crecer, el sol de justicia, que es Cristo, comienza a nacer para nosotros (Mal. 4:2). Así el 25 de diciembre se convirtió en el día de la Natividad o Navidad. Fue un Papa nacido en Roma, San Julio I (337-352 d. C.) perseguidor de los arrianos, quien fijó la fecha del 25 de diciembre de cada año para celebrar la Navidad. Así comenzó a observarse este día en Roma, desde donde se extendió a todo el mundo, llegándose a convertir en una de las fiestas más importantes de la iglesia católica y posteriormente de las iglesias protestantes. « No hay seguridad de que estemos guardando el día preciso en que nació nuestro Salvador. La historia no nos da pruebas ciertas de ello. La Biblia no enseña la fecha exacta. Si el Señor hubiese considerado tal conocimiento como esencial para nuestra salvación, habría hablado de ello por sus profetas y apóstoles, a fin de dejarnos enterados de todo el asunto. Por lo tanto, el silencio de las Escrituras al respecto nos parece evidencia de que nos fue ocultado con el más sabio de los propósitos... a fin de que ese día no recibiese el honor que debía darse a Cristo como Redentor del mundo » (HC, 434). Al analizar esta fiesta popular y la manera cómo se celebra, no cabe la menor duda de que Cristo está ausente de la misma y que lo que más importa es el festejo, la comida, la bebida, la reunión social, el pasarlo bien, la diversión y el salir de la rutina anual; el consumismo descontrolado y absurdo. Los mismos productos que durante el año tienen un precio más o menos razonable, en estas fechas se encarecen considerablemente. Eso mismo ocurre con los juguetes para los niños. Los padres gastan hasta lo que no tienen con tal de que sus hijos tengan el regalo de los “reyes”; juguetes caros y en muchos casos antipedagógicos, que se dejan arrinconados al poco tiempo de ser usados. Y ahora, para colmo, y como fenómeno social, se adhiere una fiesta más a la Navidad europea, Santa Claus, en la que también el consumo es el común denominador. Es cierto que hay creyentes sinceros que celebran la Navidad de todo corazón y que consideran su deber hacerlo como una prescripción más evangélica. Con todo respeto y amor decimos que no hay una base bíblica para celebrar el día de Navidad como día en el que nació Jesús, aunque debemos afirmar, para que no se nos malinterprete, que no estamos en contra del espíritu de la Navidad, más bien al contrario. Nos solidarizamos con el espíritu de paz y amor que la gente sincera manifiesta en estos días; encomiamos la importancia que se da a la reunión familiar, nos identificamos con los buenos deseos de construir un mundo mejor y con los esfuerzos que se hacen para paliar el dolor humano, llevar alegría y paz a los niños y a los menos favorecidos; y no sólo nos identificamos sino que también lo compartimos y vivimos. Pero los cristianos no debemos celebrar el nacimiento de Cristo en un día concreto del año, porque como ya se ha visto, Dios no nos ha rebelado la fecha exacta. Todos los días del año son buenos para rememorar la venida de Cristo a esta humanidad; pero de forma especial deberíamos celebrar permanentemente que él haya muerto en la cruz del Calvario para poner el cielo a nuestro alcance, cumpliendo así la profecía de Isaías, que presentaba a Cristo siete siglos antes de que naciera, como el Cordero de Dios, que al entregar su vida en sacrificio por el pecado, nos regalaría el don de la salvación. Por otro lado queremos añadir un argumento más para la reflexión. Habiendo unos 40.000 niños en el mundo que se mueren cada día de hambre, considerando que la mayor parte de las personas que habitan el planeta Tierra viven en el umbral de la pobreza, hacer tal despilfarro en la Navidad nos parece atentar contra los principios que enseñó el Señor Jesucristo en el Evangelio. . ¿Quién es Cristo para ti? Es obvio que cuando hacemos algo en honor de alguien, lo hagamos en función de los gustos, deseos y preferencias del individuo. El nombre del Señor Jesús, lógicamente sería el más importante durante estas fiestas. Pero ¿qué debemos celebrar los cristianos con relación a Cristo? ¿Se le consulta a El a través de su Palabra de cuáles son sus deseos? ¿Vive la gente en función de lo que Cristo enseñó? ¿Se le obedece? ¿Se le ama? Intentaremos despejar estos interrogantes basándonos en la Biblia, la Palabra de Dios. A la pregunta “¿qué debemos celebrar los cristianos con relación a Cristo?”, contestamos lo siguiente: Que Dios nos haya amado tanto que haya entregado a su Hijo para que no nos perdamos eternamente: « Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito para que todo aquel que en él crea, no se pierda, más tenga vida eterna» (Juan 3:16). Que Jesús haya aceptado ser el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo: « ¡Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!» (Jn. 1:29). Que a través del sacrificio expiatorio de Jesús podemos acceder al trono de Dios para alcanzar misericordia y perdón de nuestros pecados: « Acerquémonos, pues, con segura confianza al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro» (Heb. 4:16). Que en el nombre de Jesús hay poder para librarnos de todo mal y vivir en santidad: « No os ha venido ninguna tentación, sino humana. Pero Dios es fiel, y no os dejará ser tentados más de lo que podáis resistir. Antes, junto con la tentación os dará también la salida, para que podáis soportar» (1 Cor. 10:13). Que Jesús es la fuente de toda esperanza y de todo consuelo, el único en quien podemos confiar: « Yo Soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre, sino por mí» (Jn. 14:6). Que Jesús es nuestro mejor amigo : «Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí. Y al que viene a mí, nunca lo echo fuera » (Jn. 6:37). Que Jesús volverá por segunda vez a esta tierra para rescatarnos y llevarnos al cielo según su promesa: «No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas. Si así no fuera, os lo hubiera dicho. Voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y cuando me vaya y os prepare lugar, vendré otra vez, y os llevaré conmigo, para que donde yo esté, vosotros también estéis » (Jn. 14:1-4). A la pregunta “ ¿se le consulta a El a través de su Palabra de cuáles son sus deseos?”, contestamos lo siguiente: Que cada día del año nos gocemos de que Jesús se haya humanado y venido a este mundo para estar con nosotros: « En tiempo aceptable te oí, en el día de la salvación te ayudé. Ahora es el tiempo aceptable, ahora es el día de la salvación ” (2 Cor. 6:2). Que le amemos como Él nos ama a nosotros y que ese amor se manifieste en la Observancia de sus mandamientos, señal inequívoca de lealtad a Dios: «Si me amáis, guardaréis mis Mandamientos » (Jn. 14:15). Que amemos a nuestro prójimo y que ese amor se traduzca en obras que le beneficien, especialmente aquellas obras que tienen como objetivo la ayuda a los más necesitados: «Entonces el Rey dirá a los de su derecha: '¡Venid, benditos de mi Padre! Heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recibisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; estuve en la cárcel, y vinisteis a mí'. Entonces los justos responderán: 'Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos; o sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te recibimos; o desnudo, y te cubrimos?¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y vinimos a ti?'. Y el Rey les dirá: 'En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos pequeños, a mí me lo hiciste' » (Mat. 25:34-40). Que no celebremos nada que Él no nos haya ordenado observar: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres » (Mat. 15:8-9). ¿Vive la gente en función de lo que Cristo enseñó? Bueno, cada uno tendrá que dar cuenta a Dios de sus actos. Pero lo que más importa es si yo le obedezco y le amo. Lo que más importa es si tú y yo hemos recibido a Cristo en nuestros corazones y vivimos bajo su gracia transformadora. ¿Lo hemos hecho? Si lo hemos hecho tendremos más poder para invitar a la gente que lo haga. Recordemos que cuando Jesús nació las autoridades religiosas eran ajenas al acontecimiento más grande de la historia. Tampoco se hallaron en el portal de Belén una representación de las autoridades políticas. El pueblo ignoraba que el autor de la vida se había hecho carne y había venido a habitar entre nosotros. Sólo un grupo de humildes pastores fueron a adorarle. Hoy día ocurre lo mismo. La mayoría de la gente vive dando la espalda a las profecías que anuncian el inminente regreso de Cristo en gloria y majestad a esta tierra. Inmersas en fiestas que dicen ser cristianas pero que de eso sólo tienen el nombre. El Señor Jesús enseñó que en su segunda venida habría poca fe en la tierra (Luc. 18:8). Pocos le esperarán. ¿Queremos estar entre los que iremos a su encuentro? ¿Queremos ser como aquellos magos de Oriente o aquellos pastorcillos que fueron a buscar al Redentor del mundo y no quedaron chasqueados? ¿O por el contrario queremos seguir ignorando a quien ganó una salvación tan grande para nosotros (Heb. 2:3). Cristo quiere nacer cada día en los corazones endurecidos por el pecado. Desea tomar el control de nuestra vida y transformar nuestra naturaleza pecaminosa. Desea entablar una amistad profunda y eterna. Desea darnos todas las cosas que le pertenecen. Desea consolarnos y ayudarnos a soportar cualquier prueba por difícil que sea. Él no discrimina a nadie. Todos están incluidos en su llamado e invitación. Podemos ir a su encuentro. ¿Seremos tú y yo de esa clase de personas? Todos los días deben ser Navidad. Que el Señor te bendiga querido lector.
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