POESÍAS DE CARMEN DOLORES PÉREZ
Había pájaros
Había pájaros en el cielo,
mil colores en las flores,
un azul de mar sonriendo,
tiernas manos, amor eterno,
palabras de vida, ríos cristalinos,
muchas perlas escondidas.
Había un mundo nuevo
más allá del sol.
Había amor sincero,
había esperanza
en sus brazos tiernos, justicia,
misericordia, orden, paz,
gracia a raudales.
Había para mí un torrente
de felicidad... Pero todo eso
nunca lo hubiera visto
sino hubieses llegado tú a mi vida
¡oh, maravilloso Cristo!
En la calma
Yo no quiero buscarte sólo cuando
los problemas de la vida me asolan.
Yo no quiero ser de aquellos que
se acuerdan de ti cuando no les queda otra.
Yo no quiero seguirte, ¡oh, mi Dios!, por miedo,
más bien quiero estar contigo en alegría
que en tormento, en los goces de la vida
quiero sentir más tu rocío dentro.
Yo no quiero, Dios mío, más tormentas
que aquellas que surgen por guardar tus mandamientos.
Yo no quiero callar cuando veo el mundo oscureciendo,
ni pasar por la vida con las manos llenas de silencio.
Yo no quiero ofenderte, ni darte tristeza,
más bien yo sólo quiero ofrendarte mi vida floreciendo,
el fruto de la gratitud sólo quiero que esté en mi viviendo.
Yo no quiero esta carne, odio esta sarna.
Quiero romper mi ego, apagar todas mis ansias,
aunque todo alrededor se derrumbe quiero estar
contigo siempre en la calma, en la calma.
En sus manos esculpida
Contemplo las hojas secas,
que el frío ha hecho caer,
árboles que ayer llevaron fruto,
hoy parecen cubiertos de luto.
El otoño llegó de nuevo.
Caen sus hojas, en silencio.
Siguen humildes el ciclo
de la nueva estación.
Pareciera no tuviesen fuerza,
muestran la cara débil
de su naturaleza;
cuando no se ve lo bello,
cuando el árbol se torna seco,
no atrae para nada su externo.
Pero sigue ahí, latiendo,
no por eso es obsoleto,
se prepara para dar vida
cuando la estación permita.
Y si tú lo contemplaras
paso a paso en sus días,
verías nacer sus hojas de nuevo
donde sólo había árbol feo,
como si Dios le gritara:
«¡Resucita!», «¡Resucita!».
Contemplo ahora de mi vida
tantas hojas ya caídas.
Los pensamientos, los planes,
los buenos y malos momentos.
La primavera de mi vida
ya forma parte del pasado y así llegó,
casi sin darme cuenta, el verano,
que ya casi ha terminado.
Lo sé porque asoman los surcos
en mi cara, lo externo se transforma;
pasa el tiempo sin remedio
para el árbol de mi vida.
Y el ciclo continúa, vendrá el otoño
y más tarde el invierno.
Y ahora, contigo Señor, medito.
Pienso en el privilegio que tengo,
de estar aquí aún arraigada
al suelo de la vida, y verte en tu magnitud,
¡oh Dios Eterno!, poder contemplar tu cielo,
ver como sale el sol, como pasa el día,
siempre lleno de oportunidades,
de conocimiento, de problemas,
de inquietudes y de aciertos,
para llegar de nuevo
a la noche renovadora de fuerzas.
¡Qué bonito es saber
que no dormimos sin que tú
nos alumbres con tu luna siempre bella!
Que tú regalas para todos
un precioso mar de estrellas.
Y al final llega otro día de vida
con sus luchas, con sus retos,
y tú estás aquí, con nosotros,
haciéndonos crecer. Jesús que creó todo,
vino a nosotros trayendo la resurrección
al mundo. Él se entregó sin medida.
Nos da aliento, nos da vida,
por Él la muerte ha sido vencida.
Sea el verano, el otoño o el invierno
de mis días, sé que tú me resucitarás,
porque mi vida está en tus manos,
¡oh, Cristo!, por siempre esculpida.
La lluvia prometida
Llueve cuando das a Dios el primer lugar ,
cuando nada es más grande que la fidelidad.
Llueve cuando oras en espíritu y verdad,
cuando buscas la comunicación celestial.
Llueve cuando no imaginas nada mas grande que la verdad.
Llueve cuando amas a tus padres y les das honra ,
los cuidas y respetas en palabras y obras.
Llueve cuando amas a tu prójimo como a ti mismo,
cuando a alguien le deseas prosperidad.
Llueve cuando consuelas cuando fomentas la amistad.
Llueve cuando caminas y alimentas la esperanza,
cuando no te rindes en una batalla, cuando a pesar de todo te intentas superar.
Llueve cuando sabes y cuando crees que es más grande el bien que el mal.
Llueve cuando te levantas de una caída cuando oras,
cuando buscas a Cristo como única salida.
Llueve cuando quieres dar el pan a las almas hambrientas,
cuando puedes compartir con otros las palabras eternas.
Llueve cuando perdonas,
cuando miras al otro sin guardarle rencor aun teniendo tu razón.
Llueve cuando pasas por alto los defectos y deseando restaurarles con
benignidad ayudas a las personas a recuperar su dignidad.
Llueve cuando no juzgas, cuando no te crees mejor que los demás.
Llueve cuando no te callas, levantas tu voz al cuello y no te detienes
y denuncias al pueblo su iniquidad.
Llueve cuando pagas bien por mal,
cuando olvidas lo que el otro te hizo mal.
Llueve cuando a pesar de sus defectos le das oportunidades
y levantas al caído.
Llueve cuando no buscas competir sino ser humilde y dar lo mejor de ti.
Llueve cuando deseas y piensas
en que puedes ayudar a cambiar una situación.
Llueve cuando en un problema tu eres parte de la solución.
Llueve cuando crees que puede llover y vuelas con las alas de la fe.
Llueve para dar vida para hacernos florecer,
porque Dios quiere convertir tu desierto en un vergel.
Llueve y llueve aún y puede llover
de muchísimas maneras practicas y no es una quimera.
Llueve y llueve porque es posible el llover, porque ya tenemos salida porque
está a nuestro alcance la lluvia prometida.
Getsemaní
Te encontré en el Getsemaní, en el olor de las flores, en el aire,
en el llanto de los pecadores,
en las oraciones sinceras, y en quien te buscaba de veras.
Te encontré en mi corazón que desesperado te anhela.
Te encontré en mi sed de ti, en todo mi ser te encontré.
En el grito de mi alma, en mis pecados que señalan mi necesidad de ti.
Te encontré en mi tristeza que apagó mi ansiedad.
En la gente que no sabe lo que es el verdadero pan.
Te encontré en la obediencia, en el canto de mi alma,
te encontré... en Israel y me decías: “queda poco, vengo pronto, no te dejo”.
Aquí nos vemos, partiremos a la casa de mi Padre, a la mansión de paz .
y las cosas malas de la tierra ya no ocurrirán jamás.
y mi corazón te decía: “Sí, Señor ven, ven pronto, sálvame de todo mal,
haz en mi tu voluntad, hazme como quieres que sea,
hazme crecer en fe, mi ser grita desesperado, ven Jesús ven
de nuevo no me dejes que perezco, llévame a lo alto ahora, por encima
de las sombras, ilumíname a todas horas, ven,
vuelve pronto, Jesús, amén, amén, amén.